sábado, 2 de abril de 2016

‘Insolación’ o mucho bueno bajo el sol.

Pardo Bazán… acercarse a la literatura de Doña Emilia Pardo Bazán es una de esas asignaturas que nadie debe dejar pendiente. Reconocida autora española del siglo XIX nos regala un texto como Insolación, un retrato de la sociedad de su época cargado de metáforas que Pedro Víllora, en esta adaptación teatral, potencia.
La autora naturalista publicó esta obra –con un punto autobiográfico- en 1889. La novela fue dedicada a José Lázaro Galdiano con quien tuvo un affaire un año antes. Aventura que confesó a Benito Pérez Galdós con el cual mantuvo una relación de muchos años a pesar de que estaba casada. Quién sabe… igual sin estas circunstancias particulares no hubiese resultado esta Insolación.
Emilia Pardo Bazán fue una mujer muy adelantada a su tiempo y de principios muy sólidos. Hay quienes la reconocen como una de las precursoras del feminismo, pues en muchas de sus obras nos habla sobre la condición femenina y los principios sexuales derivados de la moral católica de la época, la cual colocaba a la mujer en situación inferior al varón y sometida a él. No perdiendo de vista que esta obra fue escrita hace casi siglo y medio, los muchos puntos de reivindicación de la mujer, su naturaleza y su derecho a ser nos permite una conexión muy directa con nuestro tiempo.
Lejos de lo que pudiera parecer en un principio, la adaptación teatral de esta novela no pesa sobre el escenario, habiéndose modificado levemente la retórica decimonónica. El hecho en torno al cual gira la función es el encuentro en Madrid entre la gallega Asís de Taboada, marquesa viuda de Andrade, y el andaluz Diego Pacheco. El despliegue de seducción y los innumerables requiebros amorosos que prodiga a la marquesa traen como consecuencia que ésta se debata entre lo que desea hacer y lo que se debe hacer o lo que la sociedad espera de ella.
Insolación es la historia de una “enfermedad”, una metáfora: la relación entre el sol y el amor. Asís ha enviudado y la relación con el sol es que no quiere verse sometida a él. No quiere nada de luz –nada, por tanto, de pasión- pero justo en el centro se unen el norte de la marquesa y el sur de Pacheco y el encanto y la luz hacen lo propio.
Esta novela entraña un enorme peligro al llevarla a escena, pues aparentemente no ocurre nada. Pardo Bazán hace muchísimo hincapié en los procesos internos de los personajes -sus estados psicológicos- apoyados en flujos de pensamiento que dificultan bastante una representación, ya que el teatro es acción… y llevar a las tablas una obra en la que no pasa nada es muy arriesgado, pudiendo llegar a convertirse en un verdadero peñazo lleno de palabrería. En la adaptación, Pedro Víllora consigue resolver bastante bien está condición, llenando de “acción” todos esos pensamientos y proporcionando una fluidez textual imprescindible y que es de agradecer.
La puesta en escena es muy sencilla y está tan bien resuelta que todo se convierte en acierto: la escenografía de Mónica Borromello –única pero que recrea varios ambientes- cuenta con un mínimo mobiliario que entra y sale de escena y un suelo construido con diferentes alturas para simular la Pradera de San Isidro. Un ciclorama reproduce el sol abrasador del que tanto se resguarda la marquesa. La iluminación de Cornejo es una maravilla y arropa todo el montaje. De pronto, cuando todo ello se suma, se originan imágenes y escenas de gran belleza y elegancia. De hecho, la representación al completo nos envuelve con esa atmósfera desde el primer momento y nos va guiando con suma delicadeza hasta el final, teniendo al público en el bolsillo completamente entregado –cosa que muy pocos espectáculos consiguen.

Por supuesto, esto no se consigue por arte de magia. Detrás de todo está la mano hábil y sabia del director Luis Luque, excelente director escénico y ¡de actores!, por eso esta función toma la altura que apreciamos con tan maravilloso ritmo. Sólo cuatro actores resuelven la presencia de los siete personajes que aparecen en esta obra y están tratados con tanta verdad y vida que no caen en el estereotipo y sus rasgos característicos están llenos de matices:
Voy a pecar de subjetiva destacando en primer lugar el grandioso trabajo que realiza José Manuel Poga dando vida a Diego Pacheco, el señorito andaluz que termina siendo el conquistador conquistado. Sin caer en lo vulgar ni excederse en lo cómico, ha creado un seductor vivaracho que nos atrae, que hace las delicias de la marquesa y del público. Para mí, Poga ha sido un estupendo descubrimiento como actor.
María Adánez, con la particular delicadeza que siempre despliega, encarna a la marquesa Asís de Taboada. Es todo un placer ver cómo se desplaza emocionalmente entre la mujer distante y la mujer resultante del viaje por las pasiones. Las escenas entre Poga y Adánez están cargadas de un inmenso magnetismo. Destaco, hablando de Adánez, el espléndido trabajo de vestuario realizado por Almudena Rodríguez. Concretamente la marquesa es la que más cambios tiene. Su vestuario es fiel reflejo de su interior: comienza con unos tonos apagados y progresivamente llega hasta un color cálido entre amarillos y dorados, precisamente esa calidez interior con la que termina el personaje gracias al amor.
Un buen contrapunto a la figura del señorito andaluz es Gabriel Pardo –interpretado por Chema León-, fundamental para comprender la otra cara de la moneda. Este personaje representa el corsé moral de la época: es amigo de la marquesa y aunque presenta algunos rasgos progresistas, termina por aflorar su verdadera condición –su verdadero pensamiento- influenciado por el patriarcado de siglos.
Pepa Rus lleva de manera soberbia el peso de tres personajes: la duquesa, la criada y la ventera. Con los tres nos convence y nos cautiva. Justamente cómicas y sin excesos son la criada y la ventera, ofreciendo por otra parte la dureza y frialdad de la duquesa.
En esta función se ha restado naturalismo pero se ha conseguido potenciar la fuerza psicológica, facilitándose así de manera ágil las transiciones. Un acierto dejar que afloren con tanta naturalidad –sin buscar la gracia- los momentos más cómicos en situaciones y diálogos. Cargada de viveza, sutilidad y gran ritmo está representación cumple y supera su cometido: involucrarnos, transmitir y removernos, dejándonos un gran sabor de boca al finalizar.

sábado, 2 de enero de 2016

"¡Feliz Navidad, Sr. Scrooge!", un clásico de Dickens para toda la familia.

La compañía La Madeja Teatro pone sobre los escenarios múltiples y diferentes obras teatrales, desde el clásico Don Juan Tenorio de Zorrilla hasta espectáculos para toda la familia como Las aventuras de Lázaro de Tormes.
¡Feliz Navidad, Sr. Scrooge! forma parte de este último grupo, una versión del clásico A Christmas Carol de Charles Dickens. De sobra es sabido lo difícil que resulta contentar a los más pequeños de la casa, se convierten en el público más exigente y esta compañía sabe ofrecer de manera sabia el entretenimiento e interacción con los niños (y con los mayores).
Ofrecen una revisión bastante divertida del cuento de Dickens que nos hace sentir como niños otra vez. La dirección y la dramaturgia han corrido a cargo de José Chía, quien también se sube a las tablas –encarnando al Sr. Scrooge-, compartiendo escena con Juan Planelles –B. Cratchit- y Leticia Arbide –Maggie-.
Despojan al clásico de Dickens de ese halo de casi extrema tristeza que nos trasmite el Sr. Scrooge, un hombre avariento que odia la Navidad, siendo el desarrollo y la resolución bastante optimista. Su sobrina –en la obra original es sobrino- y uno de sus trabajadores se alían para hacer que recobre la ilusión por estas fiestas, haciéndose pasar por los espíritus de las Navidades pasadas, presentes y futuras.
En el cuerpo de sólo tres actores se dan cita muchos más personajes: Scrooge, Cratchit y Maggie, también aparecen los fantasmas, la hermana de Scrooge y la mujer de Cratchit, entre otros. Así, en un juego de disfraces y roles, los personajes principales con la complicidad del público consiguen su propósito. Un maravilloso trabajo interpretativo por parte de los tres que da gusto ver.
Con gran habilidad, y apoyados por la música y la iluminación, transitan por todos los personajes y espacios de ese pequeño trocito del Londres victoriano que nos ponen sobre el escenario. La capacidad de conexión que tienen con los pequeños es mágica, consiguiendo risas y palmas desde que se abre el telón. Hacen que parezca fácil lo difícil, con una puesta en escena sencilla y mucha pasión ya nos tienen ahí con ellos, participando en la trama.
Esta compañía, a los que es un placer ver actuar siempre, con este Scrooge consiguen arrancar la risa de pequeños y mayores, llenando de ilusión todo el teatro, porque nunca es tarde para volver a ser niños.

martes, 15 de septiembre de 2015

¿Vencedores o vencidos?

En un entorno inmejorable está teniendo lugar la representación de un trocito de nuestra Historia, reconstruido a través de una leyenda. Hablamos del Castillo de San Jorge, que acoge las funciones de Pelay Correa, una leyenda de la Reconquista de Sevilla. Con cuánto gusto va una a ver una función hecha en casa… y que no se me enfade nadie (por favor), pero es que hay que reconocer que una siente especial orgullo cuando un poquito de arte nace de su tierra.
Pelay Correa es un espectáculo de la compañía La Madeja Teatro que hemos encontrado dentro del ciclo Noches de Sevilla organizado por el Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS). Es una obra de Borja de Diego dirigida por Alfonso Hierro-Delgado que cuenta con las interpretaciones de Juan Planelles y José Chía.


Simpatizo bastante con la idea de hacer mucho con poco, de hecho, el teatro se apoya en el “menos es más” y esto es lo que consiguen ellos. Sólo dos actores son necesarios para sostener en escena este espectáculo y reconstruir un periodo de la Reconquista, poniendo frente a nuestros ojos “interiores” incluso las batallas. ¿Por qué digo ojos “interiores”? Porque el actor José Chía, que encarna a Pelay, estando sólo en escena apela a la imaginación del espectador y le conduce, con su voz y sus movimientos, al campo de batalla repleto de personas. Consigue crear el ambiente bélico que termina de complementarse con un magnífico uso de la luz y del sonido.
El propio Castillo de San Jorge se convierte en elemento fundamental en la historia, pues en el periodo histórico de la Reconquista fue el último lugar de Sevilla en caer. Fundamental en aquel entonces y fundamental ahora, pues siglos después vuelven a darse cita en este lugar dos culturas diferentes en las figuras de Pelay Correa (militar cristiano) y Omar (médico musulmán, encarnado por Juan Planelles, quien sabe dotar a su personaje de una gran serenidad y que le lleva al entendimiento con el otro personaje, tan dispar a él en un principio).
El inteligente y poético texto de Borja de Diego establece una conexión con el “entonces” (siglo XIII) y el “ahora” (pleno siglo XXI) y es que los conflictos universales del hombre son eso: universales, y sobreviven al paso del tiempo, nos reconocemos en nuestra Historia y en los ojos de quien, por ejemplo, desgraciadamente tiene que huir de su casa, no por gusto, sino porque le echan. Se van para salvar su vida. ¿Quién no haría lo mismo?


Pelay, un militar bajo las órdenes del rey Fernando III, encabeza una lucha por la recuperación de Sevilla, para recuperar territorio cristiano y en una de esas batallas es herido gravemente. Aquí es donde Omar, un médico musulmán, juega un papel fundamental: le salva la vida y la lucha entre culturas, la lucha externa, se vuelve interna. No se encuentran un cristiano y un musulmán que respondan vayamos a saber a qué llamamiento divino, sino dos personas. El acto altruista de Omar porque así su profesión lo requiere, al curar a Pelay, consigue hacerle comprender que no importa el bando, la raza, la lengua o la creencia. Ambos tienen una historia diferente pero los dos comparten un mismo camino y así, entre conversaciones surge entre ellos una amistad que a los espectadores se nos antoja reveladora.
Es una obra que oscila entre la realidad y la leyenda, no sabemos si Omar existió de verdad, no sabemos –si de hacerlo- llegó a coincidir con Pelay, si ocurrió todo tal y como nos cuentan. Pero lo que sí es cierto es que llega un momento en que deja de importar el cómo, el cuándo, el porqué y sólo importa el qué. Eso que tienen en común y que sólo mirando a los ojos del otro consiguen encontrar.
Historia para entender. Para entendernos. Da igual quien gane o no, en tiempos de guerra el ser humano es el que pierde.

miércoles, 8 de julio de 2015

La razón de la sinrazón de Medea.

Una cita obligada que tenemos todos los amantes del teatro es el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que este verano celebra su 61ª edición. Ofrece este año una suculenta programación y resulta muy complicado decidir qué ver. Fue mi atracción por el tándem Ana Belén-Plaza el que hizo que me decidiese por la obra Medea. José Carlos Plaza ya había dirigido a la actriz en este teatro poniéndola en la piel de dos mujeres trágicas: Fedra en el año 2007 y Electra en 2012.
El escritor Vicente Molina Foix ha sido el encargado de realizar esta hermosísima versión, inspirada en la obra de Eurípides, Séneca, la novela en verso de Apolonio de Rodas titulada Las Argonáuticas y relatos de Ovidio. Es Medea una obra conocida por todos –curiosamente la más representada de la historia del Festival de Mérida y encarnada por actrices como las legendarias Margarita Xirgu o Nuria Espert pasando por Julia Trujillo o Blanca Portillo, entre otras- pero Molina Foix nos ayuda a redescubrirla, a comprenderla. ¿Por qué digo esto? En su adaptación se nos muestra el porqué de las actuaciones de Medea, el pasado de Jasón y cómo sus caminos se encuentran para después suceder la tragedia.
Medea es una mujer que abandona todo –su patria, su familia e incluso a ella misma- para darse por entero al amor que siente por Jasón. En un lugar que no es el suyo y traicionada por su marido que pretende casarse con Creusa –hija del rey de Corinto-, llega al extremo de vengarse matando a sus hijos no sin darle primero muerte a Creusa con sus dotes de hechicera.
Fotografía de Jero Morales.
Jasón ha llegado a despreciarla como mujer, la trata casi como a una loca por su magia –aun habiendo sido esa condición de hechicera la que hizo que consiguiera el vellocino de oro-. Medea ya no puede mantenerse dentro de los límites de la razón y obra de la forma más cruel para romper con la mujer que ya no es y que nunca será: mata a sus hijos para destrozar a Jasón y acabar así con el único vínculo entre los dos.
¿Cuántos siglos hace que se escribió esta obra? Y aún así la seguimos sintiendo muy cerca porque nos habla de la condición humana. Este tipo de venganza llega hasta nuestros tiempos, pues muchos son los casos conocidos de padres y madres que matan a sus hijos para causar en el contrario un dolor difícilmente superable.
Deteniéndonos en aspectos del montaje, José Carlos Plaza se apoya en una puesta en escena de corte clásico y realista, contando además con el inmejorable marco del frontón del teatro romano, en cuyo centro ha erigido una imponente puerta que sirve para separar el espacio patente del latente –donde también ocurren cosas aunque no las veamos, sólo las oímos o se nos narran. Esto último es lo que se conoce como teitoscopia-. A los lados, delimitando la escena, ha colocado dos montículos rocosos –uno de ellos coronado con un árbol- que ayudan al dinamismo escénico.
Fotografía de Jero Morales.
Las obras clásicas cuentan con un fuerte componente narrativo y creo que en esta versión se acentúa -por ejemplo al relatar la hazaña de Jasón al conseguir el vellocino de oro-, pero no juega en detrimento de la función. Recurre también a una técnica visual bastante novedosa que es el mapping, que viene a apoyar con imágenes animadas determinados momentos claves de la representación, como: la narración de Medea a su nodriza de la heroicidad de Jasón en el mar, cuando ambas relatan las aventuras de Jasón a sus hijos o cuando Medea invoca a los dioses y cae presa de su ira en la que hasta su vestuario sirve de lienzo de una proyección –una imagen bellísima, por cierto-.
El director hace un uso justo de esta técnica, pues si llega a abusarse de ella puede resultar redundante ante tanto momento narrativo. Pero no es el caso, aquí ayuda al público a entrar en la atmósfera, a dejarse llevar por las imágenes completando el mensaje de los personajes.
Fotografía de Jero Morales
Construye Ana Belén una Medea entre diosa vengativa e inmortal –que parece volar en algunos momentos- y una humana rota casi mezclándose con la tierra. Tremendamente emocional transita por todos los estados: desde la rabia hasta la emoción sostenida del final. Íntegra y rota en mil pedazos a la vez nos brinda un trabajo interpretativo digno de ser elogiado.
Junto a ella tenemos a un elenco formado por ocho actores y diez figurantes –dos de ellos son niños, los hijos de Medea-, donde destaca una maravillosa Consuelo Trujillo dando vida a la nodriza, siempre al lado de su señora ofreciéndonos momentos realmente verdaderos y hermosos, con la sabiduría de quien viene ya de vuelta de los daños de la vida.
Me faltó fuerza en Jasón, encarnado por Adolfo Fernández, pues considero que a pesar de ser un personaje que muestra el desprecio y “pasotismo” por Medea... también debía encontrar ese contrapunto trágico e involucrado. Hubo momentos en que me resultó poco creíble, como es el caso de la muerte de sus hijos. Quizás ahí hubiese conseguido la función ponernos los vellos de punta al mezclar la locura de Medea, los gritos de los niños ante su muerte al otro lado de la puerta y la desesperación e impotencia de un padre.
El resto de actores se muestra justo en sus actuaciones, sin excesos ni defectos. Tenemos así a los corifeos, las voces del pueblo de Corinto que debaten si deben comprender a Medea o perdonar a Jasón, encarnados por Alberto Berzal y Olga Rodríguez; Luis Rallo da vida al preceptor, Poika Matute como Creonte, Leticia Etala encarna a Creusa –hija de Creonte- y Horació Colomé nos ofrece al Jasón joven. Termina la función y el teatro al completo, con casi 3000 almas, rompe en aplausos cada vez más fuertes y emocionados sobre todo al saludo de Ana Belén y Consuelo Trujillo, que están realmente soberbias. Medea ha gustado, ha convencido. Los siglos de antigüedad del mito se han comunicado con nosotros, se han mostrado más cerca que nunca. No se ofrece en esta función un juicio a Medea, se nos pide que al menos podamos entenderla aunque no compartamos sus acciones.
“Medea será vuestro recuerdo de Medea” lanza la protagonista al público envuelto en un impactante silencio. Medea está en cada uno de nosotros, es lo que no fue, lo que nunca será o lo que queramos que sea. Esa es la magia del teatro: ya sea recuerdo, realidad, ficción, ahora, aquí o donde sea… dan igual las coordenadas espaciotemporales… Medea es universal e inmortal.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Imprescindible paso por el agujero de 'The Hole 2'.

He ido a ver The Hole 2 al teatro… y estoy con este documento de texto dispuesta a contaros qué tal es… pero no sabéis cuán difícil es explicar con palabras qué es The Hole. Quienes hayan ido a verlo me entenderán… quienes no lo hayan visto… ¡ya están tardando! Eso sí, fuera problemas, fuera prejuicios y muchas ganas de pasarlo bien pase lo que pase dentro del teatro.
No es necesario haber visto la primera parte para poder introducirte en este segundo agujero. Atraviesas la puerta del teatro y ya está ocurriendo algo en el escenario: nos encontramos con el Hombre del Traje Azul que va dando la bienvenida a los que van ocupando sus localidades –y también suelta algún que otro comentario para provocar la risa y la sorpresa de los primeros en llegar-.
Fotografía realizada por Elena Viña.
Nuestro maestro de ceremonias ese día fue Canco Rodríguez, que aparece en el escenario después de una dura broma al público –cuando descubrimos quiénes son, dónde está Canco y qué es lo que ha pasado… nos arranca una gran ovación, caras de sorpresa y un pedazo de aplauso-. Pero ¡qué mal ratito…! Y ahí está ya el público… metido en todo el jaleo del agujero. El espectáculo no ha hecho más que empezar y nos quedan cerca de tres horas por delante para seguir con la boca abierta –tres horas que se hacen cortísimas-.
The Hole 2 es un despliegue de fuerza, talento y música en directo –que supone, sin duda, un plus en cualquier espectáculo-. Encontramos recreados sobre el escenario el mundo de La Revista, El Circo de Manolita Chen de la década de los 50-60 y una crítica social aderezada con muchísimo humor –humor de carcajada, del que te hace llorar de risa, ese humor taaan necesario en estos tiempos-. Realmente consiguen que nos olvidemos de todo lo que pueda estar ocurriendo fuera del teatro.
Y ¿dentro? ¿qué ocurre dentro? Se dan cita artistas de diferentes países para deleitarnos –además tenernos con el corazón en un puño y sin poder articular palabra- con impactantes números acrobáticos, strepteases, con actuaciones del Trío Sunrise, Gustavo Sartori o Marilén Ribot, entre otros.
Poco a poco se van dando cita sobre el escenario el maestro de ceremonias con estupendísimos monólogos, Madame Zoltar, María del Mar –Mary of the Sea-, El Gato Volador, un espontáneo Cupido… y es que el hilo argumental de The Hole 2 realizado por Álex O'Doguerty –porque esto no es una mera acumulación de números- es la historia de amor entre el maestro de ceremonias y su peculiar pareja –una ratita-. Cómo comenzó, qué problemas han tenido y cómo se resuelve lo conoceremos según vaya avanzando la función.

No hay un sólo momento de descanso –ni en el propio descanso, donde con un bingo puedes ser el ganador de un jamón- y el público es un personaje más de la función, plenamente activo al que se le invita a participar incluso son las redes sociales mediante el hashtag #sitetocotúmetocas donde sacamos la parte más atrevida y salvaje de todos nosotros –si bien ya nos la hacen sacar desde el principio-.
The Hole 2 es un espectáculo –con una puesta en escena fascinante- de obligada asistencia y participación… porque si pensáis estar quietos en la butaca no os van a dejar. Uno sale del teatro con la certeza de que ha visto algo espectacular, único y que nos mantendrá eufóricos unos cuantos días.

jueves, 14 de mayo de 2015

¿Qué pesan más: los agravios o los celos?

En Sevilla despidió la Compañía Nacional de Teatro Clásico las últimas representaciones de Donde hay agravios no hay celos de Francisco de Rojas Zorrilla. Tras casi un año de éxitos cerró las funciones con aplausos agradecidos, con un público feliz y entregado a unos actores y unos personajes que no dejaron indiferente a nadie. Yo he necesitado tomarme un tiempo para poder escribir sobre esta función, pues ha supuesto para mí una experiencia maravillosa como espectadora. He de reconocer que hacía mucho que no me lo pasaba tan bien con una obra clásica.
Rojas Zorrilla es un autor poco conocido actualmente por el público, a pesar del gran éxito que tuvo esta obra en su tiempo. Discípulo de Calderón, vemos en este texto características comunes que reunían las obras del Siglo de Oro pero algún que otro aspecto que la distinguen y que te llevan de la risa al asombro, enredando al espectador en los enredos –valga la redundancia-. Nos tiene enganchaditos hasta el final.
El planteamiento de la obra es bastante sencillo, típico del siglo XVII: Don Juan entra en enfados cuando ve a un caballero descender por el balcón de su amada, desatándose todo tipo de enredos sobrevenidos también por un equívoco de retratos, intercambio de roles amo-criado provocando situaciones hilarantes y algún que otro duelo… Doña Inés sólo conoce el retrato de su prometido y claro… si hay un error… imaginen la que se lía al rechazar casarse con él.
Fernando Sansegundo –quien también sube al escenario- firma la versión de esta obra que dirige Helena Pimenta, versión muy acertada al conseguir que el verso fluya de forma clara, casi como la prosa y resulte comprensible a todo el público –cosa que no es fácil conseguir-.
La puesta en escena es elegante y muy funcional –todo lo que van necesitando está escondido detrás de los paneles de las paredes-. Sin cargar la escena hay puertas, ventanas, puertas escondidas, vasos y cubos van y vienen, una cama que sirve para el momentazo del soliloquio de la criada, etc. Todo el espacio está aprovechadísimo en esta escenografía de Esmeralda Díaz. La iluminación de Cornejo es certera al potenciar las diferentes atmósferas que se van sucediendo con primeros y segundos planos, apartes… Y Tatiana Hernández firma un vestuario fabuloso.
Este montaje es de un ritmo frenético… con entradas y salidas de los personajes sin parar –con el consiguiente abrir y cerrar de puertas-, luchas de espadas que nos sobrecogen ante el enorme realismo –alguien se termina hiriendo de verdad, llegué a pensar-. Otro de los aciertos de la función es la transición de escenas –y resolución de otras- mediante la danza de época y similar al tango –coreografiados por Nuria Castejón-.
Un plus es la música en directo, Vadzim Yukhnevich al acordeón crea unas atmósferas preciosas y acompañada con su instrumento las partituras de movimiento de los actores. Una delicia contemplar algunas escenas con su acompañamiento de fondo.
En cuanto a los personajes tenemos a la doña Inés de Clara Sanchis, que aunque pueda al principio resultar muy histriónica termina encajándonos en el conjunto de la función. Eché de menos algo de garra al defender frente a su padre que “mi albedrío es mío” porque es un verso, creo, con mucho peso y que define a su personaje.
Natalia Millán tiene una presencia escénica indudable y consigue con la creación de su Ana de Alvarado mostrarnos a una mujer con carácter viniendo de Burgos para buscar al hombre que la burló. Especialmente magnética resulta la actriz cuando en la última escena empieza a cantar.
Jesús Noguero construye a su don Juan de Alvarado con suma elegancia y porte escénico, igual que Rafa Castejón que junto a Óscar Zafra y Fernando Sansegundo configuran los caracteres que nunca faltan en escena: el padre estricto aunque no tirano, el burlador burlado, el defensor de la honra, etc.
David Lorente está brillantísimo en su papel Sancho -criado de don Juan de Alvarado- y se mete al público en el bolsillo desde el minuto cero. Ha dotado a su personaje de una comicidad sin igual. Me atrevo a decir que los mejores momentos de la función, en los que el respetable ríe sin parar, son los suyos.
Nuria Gallardo está de escándalo en su papel de Beatriz -criada de doña Inés-. Sale al escenario pisando fuerte, convencida del maravilloso trabajo que tiene que ofrecernos… Una criada alcahueta, con mucha frescura que va creciendo con el espectáculo –el personaje, Gallardo ya es grande-, despuntando en un soliloquio ‘erótico-festivo’ con la almohada encima de una cama. Sin duda es uno de los grandes momentos de la función por lo que tiene de original –las criadas nunca gozaron de soliloquios en las obras clásicas- y lo divertidísimamente resuelto que está.
Es una función coral donde prácticamente ninguno de los actores tiene un papel protagonista, aunque todos tienen momentos estelares. Todos tienen algo que contar porque, como comprobamos a lo largo de la función, Rojas Zorrilla no nos regala personajes planos. Sobresale el sector femenino al estar dotado de gran modernidad en sus pensamientos, con total independencia respecto del poder masculino –no podemos olvidar los cuatro siglos que tiene esta obra, de ahí que diga que es moderno-. La obra se abre y se cierra con todos los intérpretes juntos cantando una canción acompañados por Yukhnevich al acordeón en un ejercicio de comunión con la comedia y el arte del teatro.
La ejecución tan natural del verso fue una de las cosas que me enamoró de la función. Es muy difícil y pocos son los actores que dominan el arte de hablar en verso. De esta representación sales maravillado al escuchar el texto en sus voces. Desde el principio hasta el final es un montaje redondo, en el que podemos comprobar la aguda inteligencia de Helena Pimenta en la dirección. No pierde nunca de vista que está montando una comedia, aunque se traten temas como el amor, el honor, haya luchas, hermanas deshonradas, celos…, y el público no deja de divertirse, por lo que la directora consigue lo que persigue gracias también a unos actores entregadísimos.

jueves, 7 de mayo de 2015

Entrevista a Nuria Gallardo y Clara Sanchis por "Donde hay agravios no hay celos".

Donde hay agravios no hay celos, una obra de Rojas Zorrilla y dirigida por Helena Pimenta, se ha estado representando con muchísimo éxito por los diferentes teatros de toda España desde su estreno en el Festival de Teatro Clásico de Almagro y que, casi un año después, finaliza su gira en Sevilla.
Hemos tenido el enorme placer de hablar sobre la función con dos de las actrices que componen el numeroso elenco: Nuria Gallardo y Clara Sanchis, dos mujeres que no necesitan presentación. Una entrevista conjunta con ambas en la que, en lugar de guiarlas yo por las preguntas… me guiaron ellas a mí con sus respuestas. Un hermoso rato que me hicieron pasar y que ahora os traigo por escrito:
Pregunta: Esta obra fue muy representada en su tiempo, contando con muchos éxitos… Sin embargo, es un autor poco conocido. ¿Es vuestro primer contacto con el teatro de Rojas Zorrilla o ya conocíais alguna obra?
Clara Sanchis: Para mí ha sido un auténtico descubrimiento, no lo conocía y me gusta muchísimo. Es una mezcla de comicidad y al mismo tiempo profundidad y complejidad en los personajes… Un hombre moderno y los personajes femeninos de esta función son insólitos. Por supuesto, Lope de Vega también es otro gran defensor de la libertad de la mujer… son esos aliados que ya teníamos…
Porque ¿qué sería de la liberación sin estos aliados hombres, cuando durante tanto tiempo sólo ellos han tenido la voz? El personaje que interpreto en esta función, que no quiere casarse con quien le toca, llega a decir “mi albedrío es mío”. Esto en una mujer del Siglo de Oro es insólito y además la altura intelectual que le da.
Nuria Gallardo: El querer casarse por amor. Pero es el hecho de que la mujer se lo plantee y diga “si a mí me gusta uno, ¿por qué no me voy a casar con él?”. Eso era impensable porque las mujeres estaban educadas para casarse con alguien que tuviera posibles.
C.S.: Además el personaje de Nuria (Beatriz) habla directamente de sexo. Una sexualidad expresa encima de la mesa y expresan sus deseos físicos.
N.G.: Rojas Zorrilla no ha sido un autor tan prolijo y no ha proliferado tanto con sus obras como para tener una buena biblioteca suya. Son menos conocidas… porque hay otros autores como Lope de Vega que no te quiero ni contar la de obras que tiene…
C.S.: Esta obra además es curiosísima estructuralmente, es muy moderna. Es muy moderno el hecho de que sea tan coral, todos los personajes son importantes y tienen su momento.
N.G.: Creo que en la historia del teatro clásico es la primera vez que la criada tiene un soliloquio. Yo esta obra no la conocía y hemos tenido la suerte de dar con una función en la que “el listo” o el más inteligente de todos los alumnos de la época empezó a chupar de todos los maestros y ha dado con la piedra filosofal. Una función redonda.
P.: Hay mucha gente que habla sobre lo transgresor que ha sido el director o directora a la hora de apostar por un montaje o una forma de trabajar la obra, pero la transgresión ya está en el propio texto desde hace siglos. ¿Cómo es la creación de unos personajes de una obra como esta, además en verso?
N.G.: Mi proceso creativo ha sido muy diferente al del resto de compañeros. (Destacamos que la actriz se incorporó cuando la función ya había comenzado a rodar y que, hasta entonces, su papel lo interpretaba Marta Poveda).
C.S.: Helena Pimenta propuso una forma de trabajar el verso que para mí ha sido nueva. Una forma mucho más física de lo que para mí era habitual y creo que de alguna manera hemos sacado ese animalito que llevamos dentro. Y claro, unido esto a la transgresión que tiene el texto es fantástico porque los conflictos no se quedan en palabras, sino que están completamente en el cuerpo y ha sido algo en lo que Helena Pimenta ha puesto mucho hincapié. Nos dejamos la piel y eso hace que la comicidad sea mucho más salvaje, creo que es un tipo de interpretación muy directa.
N.G.: Muy arriesgada porque es muy de verdad. ¿Cuándo te ríes tú más? Cuando más en serio están viviendo los personajes lo que les pasa. El público es absolutamente partícipe de todo lo que nos está pasando. Cuanto peor lo pasa esta mujer (doña Inés, interpretada por Clara) no te quiero ni contar… más risa da.
C.S.: Los tres personajes femeninos son tres grandes desobedientes, tres maravillosas desobedientes.
N.G.: Una mujer que se enfrenta a su padre, otra que viene buscando al hombre que la ha dejado tirada y la otra que es un pendón desorejado que dice “yo, mi beneficio”. Son tres montañas que mueven mares.
P.: Entonces aunque haya muchos hombres la función la movéis vosotras, ¿no?
C.S.: Yo creo que no. Lo que sí tiene es una escena insólita larguísima y muy curiosa de personajes femeninos (doña Ana y doña Inés) que son amigas, confidentes. Las feministas norteamericanas a la hora de ver los guiones comprueban que haya una escena entre dos mujeres que estén solas, hablen entre ellas, que no hablen de un hombre y que sean amigas para que pase los requisitos de igualdad.
En este caso sí hablan de hombres porque es la temática pero es rarísimo que haya dos mujeres hablando de sus cosas en escena. Si están hablando es porque son enemigas o porque están hablando de un hombre.
N.G.: Es una escena en la que aunque estén hablando de un hombre son amigas.
C.S.: Para ponerse de acuerdo y ser solidarias entre ellas. O sea me quito de nuevo el sombrero con Rojas Zorrilla. En la unión de las mujeres es donde está la fuerza.
P.: En esta obra hay un componente metateatral importante que es el cambio de roles de amo-criado, por ejemplo. Componente que Helena Pimenta ha potenciado con el recurso de presentaros antes el público como actores antes de empezar la función (y al finalizar), ¿no?
C.S.: En este caso es lectura de Helena, no está en la función ese principio. Es muy bonito porque se produce un efecto de muñecas rusas porque, al mismo tiempo, también en los personajes queda clarísimo en el texto que en la vida representan un personaje que no desean. Tan contemporáneo esto además porque nos pasa ahora. Hablamos de identidades y creo que en ese juego que hace Helena se está hablando de eso, de quién está detrás de la máscara.
N.G.: Eso ayuda muchísimo también a que el público sea cómplice desde el minuto cero con el actor. Yo ya sé que tú sabes y tú ya sabes que yo sé, podemos jugar juntos. La función la vamos a hacer juntos. Vamos a hacer un acto de amor juntos, ya verás que bien te lo pasas, confía en mí y juntos de la mano. Y vuela.
C.S.: Helena ha dirigido esta función en estado de gracia porque ese principio tiene también una melancolía. Con una función que es comedia tuvo la enorme inteligencia de, desde el principio y a través de la música, establecer un código de una cierta nostalgia y tristeza que es necesaria para que no sea frivolidad.
N.G.: Es que en la lucha por conseguir algo a los personajes se les va un jirón, les cuesta la vida. Es muy divertido pero el público también es cómplice de todo lo que duele. Por eso me río y comparto, es decir, no me río de… sino me río con. Esta función está hecha para que el público se ría con nosotros.
P.: Los jóvenes, y no tan jóvenes, le tienen un poco de miedo a los clásicos. ¿Notáis ese miedo al verso?
C.S.: Sí, y es porque realmente el verso es muy difícil de entender. Entender una función en verso requiere un esfuerzo intelectual muy gratificante por todo el recorrido mental que hay que hacer para entrar… Es casi otro idioma.
N.G.: Lo que requiere el verso es mucho ejercicio de escucha. Durante un tiempo, en este país hace mucho años, la oratoria o el cómo se dice era más primordial que lo que se está diciendo. Ahora mismo lo que se trabaja en el escenario es lo que le pasa a los personajes, la suerte que además tenemos nosotros es poder decirlo con palabras maravillosas. El trabajo específico que se hace con Helena Pimenta va orientado a que no haya una palabra que no se sepa por qué se dice. Con este trabajo el público es capaz de comprender a través del verso qué le está pasando a los personajes.
P.: Para finalizar, y es una pregunta que a mí me gusta mucho hacer, independientemente del autor, la obra, el género…¿qué os ocurre cuándo se abre el telón? ¿qué es para vosotras el teatro?
C.S.: A lo largo de la vida de un actor tengo la impresión de que es algo que va cambiando. Ahora, y seguramente tiene que ver con el viaje de esta función y con otra que estoy haciendo de Juan Mayorga (La lengua en pedazos), pienso mucho en que en este arte el trabajo es comunicación con el espectador.
Para mí subirme al escenario, y es la gran diferencia con el cine y la televisión, es jugar juntos. El público está ahí, no se debe olvidar, y aunque exista cuarta pared nuestro juego es en comunicación constante con el espectador. Es algo que hacemos juntos y eso, hoy en día, que estamos tan solos es precioso.
N.G.: Magia. Es eso: magia. Es volar, crear, imaginar, soñar.
Con Nuria Gallardo y Clara Sanchis al finalizar la entrevista.

viernes, 1 de mayo de 2015

"El nombre" o ¡cuidado con las palabras!

Esta obra francesa es una comedia de salón escrita por Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière, en versión de Jordi Galcerán y dirigida por Gabriel Olivares, dos nombres de gran peso del teatro actual. Y si a ellos le sumamos un reparto formado por Amparo Larrañaga, Jorge Bosch, Antonio Molero, César Camino y Kira Miró el entretenimiento y placer están asegurados, pues todos llevan al máximo su vis cómica para que el tono de esta obra no decaiga en su hora y media de duración.
Sinopsis: Vicente, que va a ser padre por primera vez, acude invitado a cenar a casa de su hermana Isabel y su marido Pedro, donde también está su amigo de la infancia Carlos.
Más tarde aparece Ana, su embarazada mujer, que como siempre viene con retraso. Se trata de celebrar la próxima llegada del bebé. Le plantean todo tipo de cuestiones sobre su futura paternidad y los cambios que suponen en la vida de una pareja, sin perder nunca el sentido del humor.
Cuando le preguntan si ya ha escogido un nombre para el futuro niño, su respuesta deja a todos boquiabiertos… desde luego, no es para menos. A partir de ahí se genera un debate que va a crear un conflicto detrás de otro, cada cual más sorprendente e hilarante, y que cuestionará el carácter de cada uno y la relación entre todos los personajes.
Entramos al teatro y en el escenario nos encontramos con una puesta en escena realista, MUY realista, a la que no le falta nada. Tanto que al principio puede resultarnos abrumador, pero cuando tiene lugar la función nos damos cuenta de la importancia de todos y cada uno de los detalles.
Gabriel Olivares ha pretendido una obra casi cinematográfica. Y lo consigue no solamente al dotar a la escenografía de ese ‘detallismo’, sino que incorpora al principio una voz que nos sitúa en la historia y la relación existente entre los personajes mediante la narración. Además utiliza recursos audiovisuales para dar cierre a la función.
El nombre es una obra que ha gozado de notable éxito tanto en su original francés como en las diferentes versiones realizadas en Buenos Aires o Barcelona, además de en su versión cinematográfica. Humor inteligente y muy efectivo que consigue arrancar carcajadas sinceras durante toda la función porque nos reconocemos en los personajes. Esa cotidianidad, cercanía y sencillez es lo que nos hace pensar mientras reímos: ¡madre mía, esto me ha pasado a mí! o ¡esto lo he dicho/hecho yo alguna vez!
Las situaciones hilarantes se van sucediendo sin pausa y sin control, tanto que llega un momento en el que creemos que aquello ya ha llegado a su máximo, pues no… ¡va más allá! Y se destapa en la conversación otra bomba, otro motivo para un debate acalorado. Aunque todo sucede solo, sin forzarlo. Se dicen las verdades que han estado silenciadas y el asunto se les empieza a ir de las manos –hasta que se les va-. Pero jamás se abandona el tono de la comedia.
No puedo evitar resaltar –no hago spoiler- el monólogo que tiene Amparo Larrañaga casi al finalizar la función que, por lo que dice y la forma de decirlo, consigue que el teatro estalle en aplausos y “bravos”, teniendo incluso que elevar la voz por encima de las risas del público que ante semejante sublimación de lo cómico no puede contenerse.
Los personajes se conocen de toda la vida y, como en la realidad, a pesar de los vínculos establecidos a través de los años puede darse algún que otro roce. ¿Quién no ha tenido una discusión con un amigo o un familiar? ¿Quién entre risas no ha soltado algún comentario inapropiado –pero no por ello falso-? Es conocido eso de “entre broma y broma la verdad asoma”. ¡Cómo se agradece una comedia en estos tiempos de tragedia!

viernes, 13 de marzo de 2015

"Somos muy frágiles y tenemos que vivir el día a día".

Tina Sainz vuelve a pisar los escenarios –la última vez fue con La marquesa de O- con El hijo de la novia de Juan José Campanella interpretando a Norma, una mujer que padece la enfermedad de Alzheimer. Garbi Losada dirige esta función y en el escenario junto a Tina están: Álvaro de Luna, Juanjo Artero, Sara Cozar y Mikel Laskurain.
Es una obra que se mueve entre la risa y el llanto. Rafael no está conforme con la vida que lleva, no puede conectar con sus cosas ni con la gente. Inmerso en una terrible crisis económica y de valores, dedica 24 horas al día a sacar adelante el restaurante fundado por su padre. Está divorciado, ve muy poco a su hija, no tiene amigos y elude comprometerse con su novia. Además, desde hace mucho tiempo no visita a su madre, internada en un geriátrico con Alzheimer. Pero una serie de acontecimientos inesperados le desequilibra. La historia de amor de sus padres y la aparición de su amigo, cosas ambas que en principio vive como un problema, acabarán siendo el revulsivo para volver a hacerse con el timón de su vida.
Amable, sencilla, Tina me pide que la tutee y así arrancamos una conversación cercana, de tú a tú. No deja de sonreír y en sus ojos vemos la pasión que en ella despierta su profesión.
Pregunta: Esta obra tiene un componente emocional fuerte porque, además, tu personaje padece la enfermedad de Alzheimer. ¿Ha sido muy difícil construirlo?
Tina Sainz: Me ha resultado muy difícil. Yo tengo que estar durante toda la obra, e incluso un rato antes de empezar, aislada sentada en una sillita –que la llaman la “residencia”-. ¿Dónde está Tina? En la residencia. Al fondo del escenario, sentadita y asilada completamente para vaciar la cabeza de cualquier idea.
P.: Para conocer a este personaje, ¿te has servido de la realidad conociendo casos de enfermos?
T.S.: No. Yo no he querido entrar ahí. Lo he ido haciendo con las indicaciones de la directora –Garbi Losada-, como la fragilidad y luego trabajar con la sensación de cuando me vendaron los ojos. La sensación de no percibir la realidad y a partir de ahí, entrando por ese camino, hago un ejercicio todos los días de vaciar la cabeza. Por ejemplo, no puedo pensar “¡qué frío hace!”. Vacío completamente. Cuando salgo al escenario no sé dónde estoy realmente.
Tina Sainz con Álvaro de Luna en un momento de la obra.
Fotografía de David Ruano.
P.: Ha trabajado entonces generar la emoción y la sensación desde el exterior, a partir de lo físico… pero ¿hay algo de método para este personaje?
T.S.: Yo soy muy de método. Pero precisamente eso es. Las emociones –porque lo que esta mujer percibe son momentos de emoción- tienen que ser del método, de verdad. Ella percibe una mirada pero lo tiene vivir de verdad, es decir, cuando dice “¿este quién es?” tiene que ser de verdad. Es muy complicado.
P.: Esta obra mezcla el tono de la comedia con el de la tragedia, ¿juega con el ritmo?
T.S.: Sí, pero hay que precisar. Desde hace unos años se confunde la comedia con el teatro de risa, intrascendente, de que hay que reírse mucho y todo tiene que ser muy deprisa. Esa no es la comedia. La comedia es El apartamento de Billy Wilder, ese es el exponente más grande la comedia, que es un trozo de la vida. Te estás riendo y estás llorando a la vez. Las situaciones son disparatadas como en la vida pero te provocan emociones, esa es la comedia.
Evidentemente el ritmo tiene que variar, tiene que ser el de la comedia pero en la vida no siempre vamos acelerados. Por eso te decía que ahora se confunde. El género de la comedia es El apartamento de Billy Wilder, En el estanque dorado de Ernest Thompson. Siempre pongo a este primero como ejemplo de la comedia más comedia y fíjate lo que hay detrás…, sin embargo te pasas la película sonriendo.
P.: Todos los personajes están persiguiendo sus sueños, tienen la urgencia por vivir. Tu personaje es el que pone en la obra el aquí y ahora, lo inmediato, pone un poco el freno, ¿no?
T.S.: Sí. Ella no sabe dónde está. Tiene una escena con el hijo muy bonita –en la que tengo que romper a llorar en una fracción de segundo- en la que ella tiene miedo, su hijo ahí se para, le vuelca todos sus miedos y se abrazan. Es precioso porque en ese momento nota que es su hijo. Luego su mente ya otra vez se va y todo sigue su ritmo.
P.: La respuesta del público está siendo muy buena.
T.S.: Impresionante. Yo me estoy asombrando porque a pesar de que pensamos que estamos haciendo una obra estupenda, teatros puestos de pie, gritando bravo… Nos sigue asombrando.
P.: ¿Qué aprendizaje te llevas con este nuevo personaje?
T.S.: He aprendido que el Alzheimer somos todos. Somos muy frágiles y que tenemos que vivir el día a día. Y esta sociedad está montada para machacarnos la sensibilidad, hacernos cada vez más vulnerables, para manipularnos cada vez mejor. Tenemos que vivir, decir que la vida es maravillosa y que no me van a quitar la ilusión y el entusiasmo. Eso me ha enseñado este personaje. Y que sí se puede.
P.: ¿Qué es el teatro para Tina Sainz?
T.S.: Va a hacer 55 años que me subí a un escenario. El teatro forma parte de mi vida, no suelo hacer muy seguido teatro pero cada cuatro años lo necesito. El teatro es la posibilidad de transmitir a los demás unas emociones e ideas a través de la palabra. Eso para mí es hermoso. Todos los días, en el escenario, salgo a ver la subida de telón porque creo que ahí es donde empieza la magia del teatro. Ahí hay una gente que ha venido a una convocatoria, sabiendo que yo no soy Norma –mi personaje- y dispuestos a creérselo. Eso es el teatro.
Con Tina Sainz después de la entrevista.

lunes, 9 de marzo de 2015

'Sobre' ajustar cuentas: "Ruz-Bárcenas"

No podemos (o casi) encontrar en teatro un tema de mayor actualidad y más reciente que éste. Cuánto daríamos los ciudadanos por mirar por un agujerito para ver qué ocurre en los juicios y sesiones de declaraciones de políticos imputados. Esta vez no miramos por un agujerito, sino a través de una ventana abierta, la que nos brinda el escenario de un teatro. El teatro, en este caso, no es tan ficción como parece.
Jordi Casanovas es quien realiza la dramaturgia de Ruz-Bárcenas, una obra que nos pone sobre las tablas el segundo interrogatorio del juez Pablo Ruz al extesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas. Se trata de una transcripción de la declaración que hizo el 15 de julio de 2013 en la Audiencia Nacional ante el juez. Dirigida por Alberto San Juan, cuenta con las interpretaciones de Pedro Casablanc en el papel de Bárcenas y Manolo Solo encarnando a Ruz.
En este segundo interrogatorio, Bárcenas desmiente todo lo que afirmó en pasadas declaraciones. Ahora aclara la procedencia de ciertas donaciones que recibió el PP, sobresueldos, movimientos económicos no declarados y otros tantos escándalos. Bárcenas confiesa que ha recibido presiones. Por eso está dispuesto a tirar de la manta y aclarar todos los datos que hagan falta.
Jordi Casanovas ha adaptado las cien páginas y casi cuatro horas de declaración, dejando la función reducida a una hora. Salvo recortes y reordenación de algunos fragmentos, todas y cada una de las palabras son las que están en la transcripción. No hay un nombre o cantidad inventados, hay largas enumeraciones de datos y, aunque pueda parecer que no, es una función que mantiene atento e interesado al público todo el tiempo.
Ante todo lo que escuchamos, en ocasiones, se escapan risas de entre el público cuando salen a colación nombres como el de José Luis Moreno o Mercadona. No damos crédito a que todo eso que estamos escuchando sea real y que esté involucrada tanta gente que hoy nos gobierna. Es que todo parece una broma macabra, una desvergüenza y una tomadura de pelo a todos los ciudadanos.  Frases como “me llegó un sobre con 50.000 euros y lo que hice fue dividirlo en otros dos sobres, uno con 25.000 euros y otro con otros 25.000 euros. Uno se lo entregué a Mariano Rajoy y otro a María Dolores de Cospedal”, pronunciada por Bárcenas durante el interrogatorio, es sólo una muestra de las cifras escandalosas que van y vienen.
Manolo Solo, como el juez Ruz, sentado a la derecha del escenario detrás de una mesa llena de papeles pasa lista con nombres y cantidades. Serio y recto en su papel, vemos en él gestos curiosos de sorpresa y perplejidad ante lo que oye. Pedro Casablanc, interpretando al extesorero Bárcenas, consigue una identificación total con su personaje: misma voz, mismo físico, gestos, muecas... Los silencios, las pausas, la determinación, la actitud… nos tiene con la boca abierta desde el comienzo de la función: es Bárcenas. ¡Grande Casablanc!
Ambos realizan verdaderos ejercicios de contención con sus papeles, pues no se mueven de sus sillas salvo en una ocasión: cuando el juez Ruz es llamado y debe abandonar por un momento la sala y Bárcenas aprovecha para situarse frente al público –la audiencia- y realizar un pequeño monólogo en el que explica que ha sufrido amenazas y que ya no le calla nadie.
No se tiran el texto el uno al otro sin más, sino que se escuchan –cosa muy importante sobre un escenario-. Se saben Ruz y Bárcenas y no Solo y Casablanc, cosa que agradecemos y hacen que olvidemos que estamos en un teatro. Por un momento pensé que estaba en la verdadera sala de declaraciones.