sábado, 31 de enero de 2015

"Esta obra es un acto de amor"

“El largo viaje del día hacia la noche” de Eugene O’Neill es una de esas obras que a pesar de ser un texto relativamente reciente ha tenido la fuerza suficientemente para convertirse ya en todo un clásico. El nuevo montaje que se realiza de esta obra actualmente, versión de Borja Ortiz de Gondra y dirección de Juan José Afonso, tiene un elenco encabezado por dos grandes personalidades de nuestro teatro: Vicky Peña y Mario Gas.
Fotografía de Antonio Castro
“El largo viaje del día hacia la noche” es de ese tipo de historias de las que no se puede desvelar el más mínimo detalle. Pide ser vivida y vista en un escenario, además de ser leída con ganas de saborear la palabra. Así que le pedimos a los actores que nos contasen, hasta donde pudiesen, qué es lo que el público encontrará.
Vicky Peña: En primer lugar, aparentemente aunque sea otro lugar y otra época, hay un juego de espejos mediante el cual podemos leer y ver cercanías del alma. Es como cuando te ponen un espejo en la garganta y ves una parte de ti, que la tienes pero no sabes que estaba ahí y ves que está inflamada o que está bien… Esta obra te permite indagar un poquito en ti mismo y en algunos mecanismos de relación, con la familia en este caso, pero también mucho con la sociedad. Con la familia en el sentido de que está bien ver que todos tenemos puntos flacos, cierto es que esta es una familia muy peculiar.
Por otra parte, creo que es el hecho de ver lo que sucede en escena y cómo está contado también porque tiene un aliento poético muy intenso. Es una carga de profundidad que queda ahí y que va expandiendo su onda un poco con el tiempo, con los años, con la vida
Mario Gas: A quien no le guste el teatro es la ocasión para acercarse a él y que le empiece a gustar. Es como una buena novela, una buena película… es una buena obra de teatro que habla de conflictos de los seres humanos. Detrás de la apariencia y de la anécdota hay esencias que nos siguen tocando profundamente a todos. Por eso es una obra buena y que supera la barrera del tiempo. Es la historia de una familia desde la luminosidad hasta la nocturnidad de las sombras, de las verdades y de exorcizar los fantasmas y eso es algo muy humano. Una gran historia contada por O’Neill y espero que bien interpretada por nosotros.
V.P.: Tengo un poco la impresión de que, a medida que va pasando el tiempo, el público al teatro tiene que ir a trabajar de algún modo. Va a distraerse también porque es un momento de pasividad al estar sentado en la butaca pero que tiene que fijar su atención y tiene que querer acercarse. El buen teatro es el que más demanda del público y cuando hay público que a veces interfiere en atención de los otros, el buen público se siente invadido y atropellado porque quiere estar siguiendo la historia. En esta obra tengo mucho esa sensación: que el público tiene que estar con todas las antenas puestas para ir captando, captando y captando hasta que entiende muchas cosas.
Tras estas respuestas de los actores, la conversación se alejó un poco del cometido inicial de hablar sobre la obra y empezamos a destacar lo incómodo que resulta un público que tose, que consulta el móvil (que además ni apagan ni ponen en silencio) y otras acciones que realizan. Les destaqué como anécdota que siempre que voy al teatro me toca un señor que tose detrás. Mario y Vicky comenzaron a reír e inmediatamente ella me preguntó entre risas si se trataba del mismo señor. Contesté que lo desconocía pero que a partir de ahora me iba a fijar. Los actores opinaron:
V.P.: Lo de la tos, concretamente, es tremendo. Yo creo que la gente tiene horror vacui al silencio. Cuesta conseguir un silencio a los actores en teatro, un silencio denso, y va alguien y aprovecha el momento para toser. Todos podemos tener tos, coges y te aclaras la garganta. Pero es que hay gente que tose con la misma potencia que tenemos los actores en la voz para llenar el ámbito.
M.G.: El público ahora, en líneas generales, está influenciado por la forma de ver las películas y las cosas en televisión en sus casas. En tu casa no interfieres a nadie, eres el único espectador o con tu familia o con quien estés viendo la televisión, tú toses y no molestas a nadie. El público ha creado un vicio y es que cree que está solo. Hay que reeducar un poco. Ya no funciona aquel síntoma de: tosen mucho, no están atrapados por la acción o no tosen y es porque están atrapados por la acción. Ya no es así.
Se puede dar el caso, y de hecho lo hemos comprobado, de hacer una función en la que el público está tosiendo constantemente y al final se te ponen en pie a aplaudir emocionados. Ocurre que la gente está acostumbrada a hablar y comentar la película… no hay nadie más, no molestas a nadie. En cambio, en el teatro sí porque está la gente en vivo y en directo haciendo una obra y está todo el público junto.
Después de este pequeño inciso en el que comentaron con mucha cercanía y sinceridad qué opinaban de estos pequeños vicios del público, volvimos a la obra “El largo viaje del día hacia la noche”.
Fotografía de Antonio Castro
Pregunta: Todos los personajes de esta obra son bastante complejos, pero los suyos concretamente tienen unos arcos emocionales tremendamente intensos. Van cada vez a más contando además el personaje de Vicky Peña (Mary Tyrone) con una particularidad que condiciona al resto. ¿Cómo nadáis en todo el proceso de creación de los personajes para encontraros con ellos?
M.G.: Lo que ves en un actor o una actriz es el encuentro entre el personaje y ese actor o esa actriz, lo cual no quiere decir que no te diluyas en el personaje pero hay cosas que no se pueden ocultar, por eso no hay un Hamlet igual a otro. La peculiaridad del actor es bueno que esté ahí también.
Yo creo que los personajes son muy ricos y se trata de dejarse llevar por ellos, profundizar en ellos, no intentar anticipar y descubrir las cosas con ellos. Ocurren que ya las han descubierto (los personajes), nosotros (los actores) tenemos que desandar el camino y ponernos en el origen para ir descubriendo las cosas que les van ocurriendo.
V.P.: Nosotros tenemos una gran guía que es el texto, en todas las obras. El cuaderno de bitácora es el texto y hay que seguirlo. Todo nuestro cometido, de la mano del director, es cómo significar ese trabajo ya hecho por el autor. En esta obra, el autor ha hecho mucho. Desde el título: “El largo viaje del día hacia la noche” ya sabes que es una obra de recorrido, que has ir haciendo un itinerario. Vas creando al hilo de lo que está escrito y también de lo que no está escrito pero sí implícito: ¿qué ocurre entre la primera frase y la segunda para que sea dicha esta siguiente? ¿Cómo hacerlo perceptible pero sin que resulte muy obvio? Pues trabajando porque es un trabajo muy fino y muy serio.
P.: La creación de los personajes es un tema complejo y más cuando tienen un peso tan fuerte tanto en presencia como en emoción. El método (que es una de las formas de creación) trabaja desde uno mismo y si alguien no está mentalmente estable y recurre a ciertas experiencias puede suponer un gran problema para el actor como intérprete. Puede ser peligroso aplicar según qué estrategias a la hora de crear según qué personajes, ¿no?
M.G.: Eso no debe hacerse nunca (aplicar el método). Otra cosa es que está en la base del actor (que es alguien que imita la realidad) y tiene que fijarse en tics, en personas, en maneras… y tiene que bucear un poco en sus emociones para descodificar y ver qué cosas de él puede aplicar en la representación de un personaje. Eso sí. Pero yo, personalmente, soy contrario a cualquier teoría patológica para construir un personaje.
V.P.: Yo también. Eso no puede (y no debe) hacerse para ninguna obra.
M.G.: Hay instrumentos suficientes y malo sería que el actor no tuviese emotividad, que el actor no fuese sincero y no consiga tener la verosimilitud que se pide en escena. Malo sería que un actor no represente cosas reales cuando coge un personaje. Eso está en el ‘abc’ del actor y cada uno puede buscar las cosas por ahí, aunque yo creo más en las técnicas físicas, más corporales, creo en la definición del actor como atleta afectivo.
El método y muchas cosas están bien como lugares de entrenamiento. Está bien que el actor entrene haciendo escenas de obras y encontrando mecanismos para expresar una emoción, pero la organicidad que es fundamental a veces es una trampa.
P.: Hay que aportar lo que uno lleve y el personaje necesite para comunicarse pero sin desestabilizarse.
V.P.: Yo, personalmente, lo hago buscando la verdad pero una verdad que te la vas encontrando en los ensayos. Hay que fijarse en cómo te dice un compañero una frase, si te la dice con sinceridad, con tristeza, en el tono que lo dice porque el personaje lo demanda… y eso provoca en ti como personaje una reacción. Ese es el sentido del juego, es una especie de ping-pong que si están bien tiradas las pelotas resulta riquísimo. Y un buen día te encuentras que esa frase en la que te tenías que emocionar, te emocionas o te viene una emoción. Ese recorrido que has hecho o ese estado que has alcanzado intentas almacenarlo un poquito para intentar reproducirlo el próximo día, pero tampoco puedes querer reproducirlo muy exactamente porque entonces estás copiando y te estás amanerando. No vas a llegar al mismo sitio porque ya es distinto.
P.: Esta obra es fuerte emocionalmente, como ya hemos destacado, y deja mucho en el espectador cuando la función finaliza. Cuando ustedes terminan ¿qué se llevan de “El largo viaje del día hacia la noche”?
M.G.: Nada (risas). El gusto de haberlo hecho, una sensación fantástica de plenitud y de buen cansancio pero tú te quitas el personaje. Nos quitamos a James y Mary Tyrone hasta el día siguiente en que los volvemos a coger.
V.P.: Te quitas el mono de trabajo (risas). Te queda la sensación de cómo ha ido la función, cómo ha estado el público… porque esta obra es un acto de amor. Nos queda el goce, nosotros también degustamos esa función. Nos llevamos también un cansancio físico y emocional pero felicidad por haber podido hacer ese personaje y ahí se quedan hasta el día siguiente.
M.G.: Y así llegas al día siguiente en el que te pones el traje y poco a poco eres otra vez el personaje. Ese es nuestro caso. Totalmente subjetivo y con todo el respeto para cualquier otra opción.
Con Mario Gas y Vicky Peña después de la entrevista.

sábado, 17 de enero de 2015

"El hombre que no tiene precio no vale nada".

Fotografía de Luis Castilla.
La frase con la que titulo este texto se oyó en medio de la desolación y la tensión causada por Arturo Ui en el escenario del Teatro Central de Sevilla. El CAT (Centro Andaluz de Teatro), en su regreso, ha apostado por llevar a escena la obra de Bertolt Brecht titulada “La evitable ascensión de Arturo Ui”.
La versión de esta obra ha sido realizada por José Manuel Mora y la dirección ha corrido a cargo de Carlos Álvarez-Ossorio. En esta ocasión se ha trasladado la acción al tiempo actual y a un contexto más amplio, pues el texto original de B. Brecht sitúa la acción en las mafias presentes en Chicago en los años treinta.
El reparto está encabezado por Juanfra Juárez (Arturo Ui), con Gregor Acuña, Antonio Garrido, María Alfonsa Rosso, Víctor Vidal, José Chaves, Paqui Montoya, Paco Inestrosa, Daniel Ortiz, Laura Barba, Verónica Moreno, Virginia Nötling, Paco Luna y Esosa Omo.
Bertolt Brecht concibió Arturo Ui como metáfora del ascenso de Hitler al poder. Plantea cómo condicionan la colectividad y las acciones individuales al ascenso de los totalitarismos. Es indiscutible la vigencia de “La evitable ascensión de Arturo Ui”, pues en ella se plantean los temas de la crisis económica, la corrupción, la manipulación de las masas, la violencia… Ciertamente la correspondencia es tan gran que no tenemos más que acceder a los medios de comunicación de nuestro día a día para encontrar correspondencias. A través de la trama el autor nos va desgranando cuáles fueron los puntos favorables (o las grietas sociales) que propiciaron el ascenso de Hitler.
La dramaturgia de Brecht se caracteriza por el uso de la técnica del distanciamiento (o extrañamiento) para hacer reflexionar al público, sacándolo de la pasividad y alejándolo de la identificación emocional. También encontramos que Brecht no seguía la constitución normal de los dramas, ya que presenta cuadros fragmentados (fragmentándose así la acción), cuadros narrados, mezcla de distintos tipos de discursos como el coloquial o el retórico, nos deja claro que estamos presenciando una representación al dejar a la vista la tramoya y con una puesta en escena antirrealista, además de establecer una fuerte separación entre los espectadores y el escenario.
Estos y otros recursos alejados del teatro realista tradicional fueron los que desarrolló Brecht en lo que se llamó el teatro épico. Pero, a pesar de las particularidades del texto original, para mí la nueva versión no consigue captar la esencia de los recursos épicos de Brecht: ciertos puntos cómicos caían en la parodia, el uso de lo audiovisual resulta en ocasiones caótico aunque en otros momentos cumple bien su cometido de unión de discursos y la relación escenario-espectadores.
No cabe duda de que esta obra es difícil de representar por la propia dramaturgia de B. Brecht. Aunque el enfoque de la obra no está mal realizado y determinados aspectos brechtianos se cumplen, creo que esta representación necesita aún algo de tiempo para asentarse y encontrar su ritmo y su tono. 
Fotografía de Luis Castilla


sábado, 10 de enero de 2015

"Amar no es más que las ganas de amar"

La Historia del Teatro está llena de interpretaciones memorables y seguro que todos tenemos en nuestra memoria un gran número de nombres de actores, actrices y trabajos grabados a fuego. Desde el pasado año una muy sonada gran interpretación es la que realiza Kiti Mánver en Las heridas del viento, obra escrita y dirigida por Juan Carlos Rubio, en la que comparte escena con el actor Dani Muriel.
Las heridas del viento es una obra que ha cosechado grandes éxitos a lo largo de años en lugares como Nueva York, Grecia o Chile, entre otros. Juan Carlos Rubio, además de ser el autor, es quien firma la dirección de este montaje que ahora disfrutamos. Es un texto que nos pone sobre las tablas la verdad de la emoción, lo más oculto del ser humano, las razones ocultas que nos llevan a actuar de una forma u otra y nos descubre lo que todos llevamos dentro. Es imposible no sentirse identificado con ambos personajes según se va desarrollando la obra. Sí, sí, con los dos… porque todos tenemos algo de David y algo de Juan en nosotros.
El planteamiento inicial de Las heridas del viento es sencillo: muere el padre de David (interpretado por Dani Muriel), él es el encargado de ordenar el legado y descubre unas cartas de amor entre sus pertenencias. Kiti Mánver encarna a Juan, el hombre que firma esas cartas. Entonces comienzan el deseo, las ganas y la búsqueda para conocer quién era realmente su padre y por qué mantenía una relación con un hombre.
David quiere saber (¡necesita saber!) quién era el padre al que siempre vio desde la distancia por muy cerca que lo tuviese, quién era el padre al que echó de menos incluso antes de que muriese. Juan no está por la labor de “desnudar” sus razones y su pasado fácilmente. Es un personaje cargado de amargura e ironía por las heridas que la vida le ha causado. Una historia llena de preguntas, de miedos, soledad, esperanzas, esperas y amor del que consume y te deja sin fuerzas.
Sin escenografía casi y con momentos en los que escuchamos las canciones italianas de Mina. Solamente un par de sillas y cuatro focos es lo que encontramos en esta puesta en escena. Pero no hace falta más para que aquello se convierta en un torbellino emocional porque el teatro es tan puro como eso: una emoción traída desde un texto hermoso y la verdad del actor, sin adornos, sin cosas que distraigan.
El Teatro Lope de Vega de Sevilla cayó rendido a los pies de esta producción y se llenó de aplausos y bravos cuando la función llegó a su término, reconociendo así la maravillosa labor actoral y la belleza de un texto bello y directo que nos sacudió hasta doler.
Grande estuvo el actor Dani Muriel en su papel de hijo, a veces adulto y firme, a veces niño a punto de llorar. Nada fácil. Pero ahí estaba acercándonos la humanidad, haciéndose grande junto a la actriz.
Kiti Mánver está soberbia en esa contención de gestos que caracteriza a su personaje Juan. Contención que de pronto nos sorprende llenando cada rincón del teatro y es que ella tiene ese don reservado sólo a unos pocos. Me resulta difícil destacar una sola cosa de la función porque tiene momentos realmente sobrecogedores. Pero algo realmente bello, ritual lleno de poesía, es la transformación de Kiti Mánver de mujer a hombre en el escenario, sin trucos. Frente al público se quita su peluca rubia y las pestañas, se desmaquilla y se reajusta el vestuario para ser Juan. Lo prodigioso está en que los pasos, los gestos, la expresión, sus ojos y su voz dejan de ser los de una mujer. Nos olvidamos completamente de que es una actriz la que encarna a este personaje.
Una obra que recibe el calificativo de joya, unas interpretaciones estremecedoras, con mucha verdad y un final inesperado que nos llega al corazón. Posiblemente me haya quedado muy corta hablando de Las heridas del viento, por eso… para entender por qué me he quedado casi sin palabras, deberían buscarla allá donde esté, verla y poder decir que han sido parte del público al que han mirado a los ojos.

jueves, 8 de enero de 2015

Entrevista a Kiti Mánver por "Las heridas del viento".

Kiti Mánver.                 Fotografía: Sergio Parra
Kiti Mánver es una de nuestras actrices más reconocidas. Crítica y público han alabado siempre su maestría en escena y dan fe de sus maravillosas interpretaciones su larga carrera y sus muchos reconocimientos. Estos días (8 y 9 de enero) está representando "Las heridas del viento" de Juan Carlos Rubio en el Teatro Lope de Vega de Sevilla, compartiendo escena con Dani Muriel.
Hemos tenido el inmenso placer de charlar con ella sobre esta función y animo a ir al teatro a ver a esta gran actriz en esta joya de obra.
Pregunta: No es la primera vez que trabajas con Juan Carlos Rubio, ¿esta vez es diferente de la primera o como ya hay un recorrido se trabaja de una manera distinta?
Kiti Mánver: Es la quinta vez que trabajamos juntos. Se ha dado un conocimiento de dos personas en la que juegan muchos factores. Todos a favor, todos buenos. Mucho amor por el teatro, lo primero. Juan Carlos es incansable, yo lo sigo siendo pero él es más incansable todavía. Luego, jamás se enfada. Tiene una educación tan exquisita y eso es algo que me llena de gozo y me pone en la mejor situación para trabajar porque hay directores que son más nerviosos… pero Juan Carlos siempre tiene una forma de trabajar muy elegante. Además todo eso, junto a los textos suyos que me gustan mucho, y descubrir que es un autor que sabe enganchar con el corazón del público y lo encandila.
Todo ello sumado a que rompe los moldes de autor-director y hace con sus textos maravillas. Son factores comunes para que todo sea fácil, con lo cual me hace confiar plenamente y esa situación siempre es buena porque hemos hecho cosas muy diferentes: comedia, comedia musical, tragedia y esto que va tan a la esencia del teatro… Siempre es algo nuevo con lo cual es una situación que para mí siempre es buena, que es partir de la nada.
P.: ¿El hecho de trabajar con un director que además es el autor del texto difiere mucho de una persona que dirige un texto que no es propio?
K.M.: Cada director tiene su forma de hacer. En el caso de Juan Carlos, él me ha dirigido en textos suyos y en textos de otros autores y es un hombre tan de teatro, es puro teatro, que tiene la cualidad de ser un gran director y que incluso dice en broma “luego hablaré con el autor”… quiere decir que va a modificar el texto porque el trabajo lo lleva a un punto en el que se autocritica hacia lo que cree que es necesario porque quiere los espectáculos de tal manera y eso le funciona muy bien.
Luego hay otros autores que están más apegados, se centran en insistir mucho en el texto y no son capaces de ver que sobra algo de un lado… él no, Juan Carlos es muy flexible al respecto.
P.: Una cosa muy interesante es que habéis trabajado en los ensayos bajo lo que denominamos work in progress, ensayos abiertos al público. ¿Cómo ha sido la experiencia de tener al público desde el primer momento?
K.M.: Te da vértigo, es un riesgo. Estás muy vendido, no tienes prácticamente nada y estás empezando a armar el edificio del texto. Tiene una ventaja y es que si en un momento dado enganchas con unos ojos y esa persona está abierta te lo devuelve. A veces hay emoción también en sus ojos y eso es un ir y venir de emoción que ayuda a sacar un punto álgido en un momento del texto. Tiene su dificultad, da un poco de pánico pero la mirada ajena siempre es buena.
Yo me he encontrado ojos que se retiraban, me he encontrado suspiros, me he encontrado lágrimas, una tos nerviosa que les provoca la cercanía de las emociones… porque nos desnudan a todos. Te toca porque tienes cerca la vida misma y aunque todo el mundo sabe que es una ficción que se está creando ahí –aceptada desde un principio tanto por el actor como por el público-, tiene esa fuerza tan grande que de pronto nos abre en canal y pone de manifiesto sensación y cosas que tú tenías ahí olvidadas. Eso es hermoso.
P.: El público en esta obra es otro personaje y en las diversas maneras de romper la cuarta pared y apelar a él mostráis todos los entresijos del arte teatral porque tu transformación en Juan se da en la propia escena e incluso en el diálogo hacéis partícipe a quien os está viendo. El público sabe que sois conscientes de vuestra existencia en la ficción.
K.M.: Sí, es una de las cosas que más me deja con la boca abierta. Tiene ese punto… que aún sabiendo todo, que están diciendo que esto y lo otro era un truco, cómo entre todos conseguimos creernos y vivir esa historia de esa manera tan emotiva y bonita. Estás ahí para que te convenzan y saquen de ti esas cosas. Nosotros actuamos para desentrañar verdades.
P.: Son seres humanos hablando a otros seres humanos de lo que le ocurre al ser humano…
K.M.: Por eso a pesar de las crisis y los tremendos momentos, el teatro siempre seguirá porque es una cosa inventada por el ser humano para conocerse y explicarse, para aprender, indagar…
P.: Antes hemos mencionado que tu transformación en tu personaje Juan ocurre en el escenario frente al público, ¿cómo ha sido el camino hasta llegar a él?
K.M.: Imagínate, pues eso sí que da vértigo. Partes de la base de que entras como mujer y claro… hacer el cambio delante de ellos… Lo que pasa es que hasta eso está hecho desde una emoción, con cosas que hemos trabajado que no están propiamente en el texto. Entonces esa sencillez, esa desnudez de ese cambio es tan claro y a la vista de todo el mundo que es una de las cosas que de alguna manera encandila a la gente y, al rato, ya se han olvidado de que soy una mujer.
Pero, por ejemplo, a veces tenemos charlas y coloquios después de las funciones y mucha gente piensa que este papel estaba escrito para una actriz porque además, Juan Carlos que es un mago, hace que cuando está leyendo las cartas el personaje piense que está escrito por una mujer hasta que ve la firma. La cabeza de David (el otro personaje) es la cabeza de la gente, de ‘a ver qué ha pasado entre su padre y Juan’. Son textos que tienen tanta magia y tantas posibilidades…
P.: En la obra se habla de un amor homosexual pero llega un momento en que aquello se olvida y pasa al primer plano el ser humano.
K.M.: Totalmente. Me parece hermoso porque Juan Carlos es un autor tiene algo gran y universal y hace que el público ya no se fije en la condición sexual o si son arquitectos… ve lo que les está pasando, ve los sentimientos. Lo importante es lo que le pasa al ser humano, lo que siente, lo que es capaz de sentir y lo que no ha sido capaz de demostrar. Recoge todos las posibilidades que tiene el ser humano para expresarse en su vida o para no expresarse.
P.: Además tu personaje tiene una forma muy profunda y “ornamental” de expresarse con todas sus ironías, pero ¿detrás de todo ello podemos intuir una fragilidad y un “nada es lo que parece”?
K.M.: Sí, se escucha a sí mismo pero además es un manipulador, le va dando la información a David poco a poco, las frases no las termina y hasta el final no se sabe todo. Es un ser con mucha amargura pero al mismo tiempo con una gran ironía.
P.: Para finalizar me gustaría recoger en pocas palabras qué tiene el teatro, aunque has hecho cine y televisión.

K.M.: Pues tiene todo eso que hemos dicho. Tiene el directo, sin duda. Tiene el rito, es un ritual en el que el ser humano se refleja. Es un ritual de sensaciones que van y vienen del público al escenario y eso es impagable. Y por otra parte, aunque no reniego de los otros medios, el teatro te pone en un sitio más real y al máximo de tus capacidades. Estás ahí, enfrentándote a un público. Es una gran responsabilidad pero no la cambio por nada.
Con Kiti Mánver tras la entrevista.