sábado, 28 de febrero de 2015

Federico Luppi: "Ahora los puedo asumir y afrontar sin el odio y el horror".

El reportaje de Santiago Varela es la obra que nos regala al gran Federico Luppi sobre las tablas de los teatros españoles. Interpreta a un exmilitar argentino que participó en la represión estatal durante la dictadura, hoy en la cárcel, acepta una entrevista para un reportaje televisivo sobre su participación en el incendio del teatro El Picadero, que ardió en 1981. Con esta obra se nos permite conocer el pensamiento autoritario de aquella época.
Pregunta: El reportaje significa para usted volver a actuar en los escenarios españoles después de 7 años. Por última vez estuvo con El guía del Hermitage de Herbert Morote. ¿Cómo ha sido volver a las tablas españolas con esta obra que habla de una realidad (o de un punto de vista) quizás desconocida para muchos de nosotros?
Federico Luppi: Cuando me fui de España la última vez, por un trabajo que hacía ya con españoles, apareció este tema de las hipotecas y demás y ya no pude venir. Pero estaba totalmente desesperado por hacer una temporada en España o venir a filmar, reencontrarme con una España que a mí me había dado un montón de cosas importantes. Tenía muchas ganas y cuando apareció esto… pues fue de todos el deseo cumplido y de que fuese bien.
P.: El suyo es un personaje difícil porque es complicado encontrar sobre los escenarios un personaje de la parte contraria, de la tiranía, en su caso un militar que atenta contra la libertad de expresión de su pueblo y quema el Teatro Picadero. ¿Qué tiene este personaje para que decidiese interpretarlo siendo usted argentino y conocedor de lo que allí ocurrió?
F.L.: Me dice el otro día un colega argentino “¿cuánto te costó entrar en el personaje?” y yo le dije “me costó salir”, porque toda la vida he vivido con esta gente, soportándolos en cualquiera de las instancias de la vida de un país. No es que los haya llegado a odiar con un criterio vengativo o absolutamente descalificante y antihumano, los he llegado a tener como una especie de bestia negra, incorporados en tu vida cotidiana, como una especie de enfermedad interminable. Cada dos o tres años un golpe militar, gente presa, exiliada o muerta. ¿Cómo es posible que este horror no termine nunca? ¿Cuál es el final de esta odisea tan inmensamente cruel?
De modo que me fui acostumbrando a aceptarlos como fenómenos rechazables que veía todos los días. Por tanto, cuando apareció este personaje le dije al autor que quería hacerlo porque creo que ahora los puedo asumir y afrontar sin el odio y el horror de la víctima, digamos.
P.: El tema central de esta obra es el incendio del Teatro Picadero, en el año 81. ¿La cultura es un elemento perturbador para el poder?
F.L.: La cultura y el poder son casamientos planificados imposibles. Para el hombre de fuerza, del tiro y del revólver la cultura es un elemento perturbador, exactamente. Supongo que en algún momento de su historia personal, la cultura los desnuda en su absoluta carencia de humanismo.
P.: Le cito una frase que usted mismo dijo: “El teatro les pone en la situación de tener que pensar(se)”. Por eso quizás el teatro siempre ha sido un mundo del que el poder intenta mantener al pueblo alejado. Y aunque hoy no se queman teatros, una situación de mucha actualidad es el terrible 21% de IVA. ¿Es una manera de incendiar también?
F.L.: Exactamente. Así es. ¿Sabes qué hacen? Te quitan las herramientas para que vivas. Te quitan su paraguas, tu impermeable, tu plato de comida, tu casa… son formas de dar muerte. No sabes cuánto deseo que la situación cambie, aunque sea sólo un poquito. Por lo menos que la gente entienda otra vez la alegría de vivir, no se puede vivir a merced de las financieras y de los bancos
Con Federico Luppi al finalizar la entrevista.

viernes, 27 de febrero de 2015

Las cuestiones más profundas en "La sesión final de Freud".

En la Sala Pequeña del Teatro Español de Madrid han estado ocurriendo cosas muy grandes, como la lección de interpretación que nos brindaron Helio Pedregal y Eleazar Ortiz en La sesión final de Freud, una obra escrita por Mark St. Germain. La traducción ha sido realizada por Ignacio García May y firma la dirección Tamzin Townsend.
En esta obra se produce un encuentro ficticio entre Sigmund Freud, padre del psicoanálisis interpretado por Helio Pedregal y C.S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia encarnado por Eleazar Ortiz, el día en que Inglaterra le declaró la guerra a Alemania, en el año 1939.
Teatro dialéctico y de reflexión que enfrenta a dos fuertes personalidades de diferentes generaciones: a un S. Freud, en los últimos días de su vida, que defiende su ateísmo y a un joven C.S. Lewis, convencido creyente. Hemos referido que se trata de un encuentro ficticio pero el padre del psicoanálisis tenía anotado en su agenda, para ese día (veinte antes de su muerte), recibir en su consulta a un profesor de Oxford. Esta anotación es la que origina el texto de Mark St. Germain porque ¿quién nos dice que no fuese C.S. Lewis?
Quienes asistimos a obras de reflexión, a teatro de palabra, lo hacemos con algo de miedo. Tenemos el temor de presenciar un simple debate académico o de ideas abstractas poco conectadas con quienes las ponen en escena. No es el caso de La sesión final de Freud. Nos encontramos con dos hombres que, dentro de las experiencias que les han brindado sus respectivas edades, dialogan con gran sentido del humor sobre la existencia de Dios, tema que termina derivando en una conversación sobre el sentido de la vida y de si merece la pena ser vivida hasta el final, sobre el amor, las relaciones familiares, la guerra, el futuro…
Este encuentro se desarrolla dentro de una escenografía realista, realizada por Ricardo Sánchez Cuerda, en la que a la consulta de S. Freud no le falta un detalle: la mesa llena de papeles y carpetas, una gran estantería repleta de libros, el diván, todo el suelo alfombrado, etc. La conversación entre estos dos intelectuales se ve aderezada por llamadas de teléfono, la radio, sirenas y el ruido de aviones que sobrevuelan la zona, lo que otorga una gran fluidez a pesar de que la función tiene durante toda ella un ritmo fabuloso.
Hemos de destacar la clase magistral de interpretación que nos brinda Helio Pedregal en esta función. El suyo es un completo trabajo de caracterización que diluye al actor dentro del personaje y sólo somos capaces de ver a Sigmund Freud. Una identificación física máxima desde la barba y pelo blancos hasta la forma de moverse, su voz, sus gestos, la mirada, la tos (y los momentos de verdadero dolor por la prótesis que lleva debido a un cáncer de boca)… no deja duda de que estamos ante un trabajo colosal.
Eleazar Ortiz defiende su personaje sin temores y sabe estar a la altura del tan soberbio Freud de Pedregal. Sin ese pulso medido que tiene su C.S. Lewis, la función no nos brindaría todo ese abanico de reflexiones que nos empieza a sacudir desde el primer momento.
La muerte… ¿estamos preparados para asimilar que nuestro tiempo se acaba?, ¿debemos agarrarnos a algo?, ¿creer en la existencia de Dios?, ¿por qué? La discusión, distante al principio, se llena de una gran humanidad. Salen a flote las preocupaciones y miedos de los protagonistas, sus virtudes y sus defectos, sus fortalezas y sus debilidades.
Aquello no es un combate dialéctico para ver qué mentalidad se impone, sino que resulta una conversación entre dos caballeros que comparten y cuestionan los múltiples modo de ver la vida. Se miran, se escuchan y los silencios son tan fundamentales como las palabras. Al final salimos del teatro tan en silencio como Freud y Lewis, sabiendo que ni uno ni otro ha sido el vencedor, pero con muchas cosas sobre las que pensar.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Concha Velasco emocionará con "Olivia y Eugenio" de Herbert Morote.

Concha Velasco es una actriz incansable y que a nosotros nos embelesa cada vez que pisa un escenario. Con una larga trayectoria profesional a sus espaldas, sigue sobre las tablas con la obra Olivia y Eugenio de Herbert Morote –con dirección de José Carlos Plaza- y, en esta ocasión, acompañada en escena por Rodrigo Raimondi. Podremos disfrutar de esta función en el Teatro Lope de Vega de Sevilla desde el jueves 26 de febrero hasta el domingo 1 de marzo.
Esta obra cuenta la historia de una madre y su hijo síndrome de Down, “en la que se habla de la política, la sociedad, la eutanasia, la relación con los padres con sus hijos hasta el último momento. Habla de la vida no sólo de Olivia, sino de todos los espectadores”, destaca Concha Velasco, quien añade que la respuesta del público ha sido muy positiva.
Rodrigo Raimondi, quien encarna a Eugenio –el hijo de Olivia- es un actor elegido por José Carlos Plaza, desde que se pensó hacer la obra. A pesar de no ser su primer trabajo como actor, “sí es la primera vez que un actor con síndrome de Down realiza una función entera”, nos cuenta Concha.
Es una obra muy emocional en la que se nos habla del amor y la vida, aunque se hable constantemente de la muerte –Olivia es una mujer enferma terminal de cáncer-. Concha Velasco afirma que “lo principal en una obra de teatro, y lo que a mí me enamora, es el texto. Es muy hermoso, su autor es hispanoamericano y creo que utiliza el lenguaje en la línea de García Márquez y de Mario Vargas Llosa, por ejemplo”.
Rodrigo Raimondi y Concha Velasco, antes de la rueda de prensa,
en el Teatro Lope de Vega de Sevilla.
Es una obra que emociona desde que empieza hasta que acaba pero que, además, tiene muchas sorpresas. José Carlos Plaza ha hecho una dramaturgia maravillosa. Ambos actores coinciden al afirmar que es el maestro de maestros. La actriz confiesa que “si no hubiese sido con José Carlos Plaza, yo no me habría atrevido a hacer esta obra”.
De Olivia dice que tiene todo y nada: “Yo soy una caja llena de los personajes que he interpretado y de las emociones que me han trasmitido esos personajes”. La función, comenta, “comienza con la decisión de Olivia de irse de este mundo y llevarse a su hijo con ella. Es millonaria y podría dejar a su hijo en una circunstancia económica estupenda, pero es tal el amor y la relación que tienen, que ella no cree que le vayan a dar ese amor y ese entendimiento. Llega a su casa para jugar y vivir alegremente con su hijo como siempre pero la noche de la historia llega diferente y su hijo lo nota”. A partir de ahí todo serán sorpresas.
A pesar de la dureza de la obra, Concha Velasco disfruta muchísimo haciendo esta función. Nosotros… encantados de disfrutar con ella.

Dónde: Teatro Lope de Vega. Avenida de María Luisa, s/n.
Cuándo: del jueves 26 de febrero al domingo 1 de marzo de 2015.
Horario: a las 20:30 horas, excepto el domingo a las 19:30 horas.
Precio: de 4 a 21 euros.
Entradas a la venta en la taquilla del teatro y a través de internet.

jueves, 12 de febrero de 2015

Presentación de "El mercader de Venecia" de W. Shakespeare.

La Compañía de Teatro “Noviembre” se embarca en el montaje de su cuarto título del autor inglés tras Hamlet, Noche de reyes y Otelo. Podrán disfrutar de El mercader de Venecia en el Teatro Lope de Vega de Sevilla del 12 al 15 de febrero.
Este montaje, versión de Yolanda Pallín y dirigido por Eduardo Vasco, cuenta con un amplio elenco: Arturo Querejeta, Francesco Carril, Isabel Rodes, Francisco Rojas, Fernando Sendino, Rafael Ortiz, Héctor Carballo, Cristina Adua, Lorena López y Jorge Bedoya.
Eduardo Vasco, director de la obra, ha destacado en rueda de prensa “lo actual del texto: es un chico que vive por encima de sus posibilidades, pide un crédito avalado por un amigo y, como no pueden pagarlo, el usurero decide ejecutar todas las cláusulas del contrato. Esto lo podemos extrapolar a toda una serie de cosas que están sucediendo ahora mismo”. A pesar de ser una obra escrita hace 400 años tiene esa grandeza de los clásicos, la de superar la barrera del tiempo.
El mercader de Venecia, destaca el director, es una comedia romántica. El trasunto que aflora es el tema del judío y todo lo que sucede alrededor de la maraña judicial. Han apostado por hacer la función que está en el texto: “la comedia romántica con estas zonas oscuras”. Este equipo, que además es el mismo que trabajó en Otelo y Noche de reyes, defienden una idea común de la manera shakespeareana. Cada obra es un mundo pero enfocan su trabajo dando “importancia principal al actor y al texto”.
Rueda de prensa, de izq. a der.: Francisco Rojas, Isabel Rodes, Eduardo Vasco,
Juan Víctor Rodríguez (director del Teatro), Arturo Querejeta y Francesco Carril.
Vasco comenta que en “Noviembre” apuestan y defienden su propio estilo: “El trabajo actoral, una mecánica muy contemporánea y con un lenguaje que, a pesar de que la ambientación es romántica con chisteras y levitas, hace que la manera de contar la historia al espectador tenga que ver con nuestros tiempos. El sello de la compañía ya es conocido y el público ya sabe qué tipo de espectáculo no va a ver.
Arturo Querejeta (Shylock) ha destacado que la obra “pone en tela de juicio el imperio de la ley, cómo un contrato contraído por dos partes puede llegar a arruinar a una de ellas”. En El mercader de Venecia se pone en tela de juicio todo el sistema financiero. “Hasta qué punto los ciudadanos pueden estar sometidos a cláusulas abusivas” que pueden destrozar sus vidas y su dignidad.
“Esta obra habla de la amistad, del destino, del amor y te permite viajar por distintos géneros. Es una obra sustentada en la comedia con escenas que presentan una gran carga trágica”, declara Isabel Rodes (Porcia). Francisco Rojas (Antonio), apunta además, que es una obra ambigua donde nada es lo que parece y nada se corresponde con lo que debiera ser.
Dónde: Teatro Lope de Vega. Avenida de María Luisa, s/n.
Cuándo: del jueves 12 al domingo 15 de febrero de 2015.
Horario: a las 20:30 horas, excepto el domingo a las 19:30 horas.
Precio: de 4 a 21 euros.
Entradas a la venta en la taquilla del teatro y a través de internet.

martes, 10 de febrero de 2015

El cegador brillo de las monedas.

Sorprende la vigencia que puede tener un texto escrito hace veinticinco siglos, cuyo autor es Aristófanes y con el que creemos que poco tenemos en común, hablo de la obra Pluto. La Grecia antigua nos queda un poco lejos en tiempo y situación geográfica pero esto no es impedimento para la universalidad del conflicto.
Esa vigencia es claramente notable por mínimo que sea nuestro conocimiento sobre la obra, aunque la traslación y relación mucho más actual la realiza Emilio Hernández, quien firma la versión, eliminando cualquier fisura temporal que nos hiciese pensar que no tenemos nada que ver con la sociedad de la época de Aristófanes.
Pluto, estrenada con notable éxito en la 60ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida este verano, está recorriendo diferentes plazas para hablarnos sobre la utopía del reparto justo de la riqueza. Esta función, dirigida por Magüi Mira, cuenta con un elenco de lujo: Javier Gurruchaga (Pluto), Marisol Ayuso (La Dama), Marcial Álvarez (Crémilo), Jorge Roelas (Carión), Ana Labordeta (Praxágora), Santi Celaya (Tesorero), Toni Misó (Blepsidemo) y Cayetano Fernández (Joven puto).
Esta obra es una sátira escrita por Aristófanes en el año 388 a.C. y que podemos resumir de la siguiente manera: Crémilo, un hombre pobre pero honrado va a visitar al oráculo para que le aconseje para llevar una vida más próspera. El oráculo le dice que al salir del templo debe acompañar a la primera persona con la que se encuentre. Su sino es toparse con el mismísimo Pluto, el dios del dinero, que vaga ciego por las calles de la polis griega. Por culpa de su ceguera la riqueza está mal repartida.
Crémilo y su criado Carión acuerdan devolverle la vista a Pluto y así el dinero sea justamente repartido, desapareciendo así la Pobreza. Lo escrito con mayúscula porque ella también aparecerá personificada, advirtiendo a los ricos de lo peligroso que resultará para su estabilidad que Pluto recobre la visión. Se establecen, de esta manera, unos diálogos comparativos exponiendo los pros y contras de Pluto y la Pobreza para según qué estamentos de la sociedad. Hay que aclarar que a lo largo de esta función desfilan toda suerte de personajes, desde un criado hasta un tesorero, explicando sus situaciones.
Pluto es también una utopía: la del reparto justo de la riqueza. Pero ¿y si ahora es el momento de que deje de serlo? O, simplemente, ¿«sueños son», como canta Pluto (Javier Gurruchaga) en un momento de la obra? Por lo menos en el teatro es posible la realización de esta utopía: «¡Repartir la riqueza!¡Erradicar la pobreza!», así comienza el coro la función.
El tema del dinero es casi tan antiguo como los metales. Los escritores, que siempre han intentado reflejar todos los aspectos de la realidad, no se han mostrado ajenos a este asunto en sus obras, como nuestros autores del Barroco, también en la Edad Media como el Arcipreste de Hita en el “Enxienplo de la propiedat qu’el dinero á” del Libro de buen amor o siguiendo más atrás nos encontramos con los latinos Ovidio u Horacio y sus odas de crítica a la riqueza. No es de extrañar, por tanto, que Aristófanes se hiciese eco de la realidad de su tiempo y escribiese sobre ello.
Aristófanes, para hablarnos sobre esta utopía, utiliza el tono de la sátira y de esta manera busca la reflexión a través de arriesgados juegos ingeniosos con los personajes alegóricos de Pluto y Pobreza. Mediante la risa accede al receptor y denuncia la realidad.
Magüi Mira ha ideado una puesta en escena sencilla y minimalista, característica de su poética escénica. La directora no escatima en esfuerzos y concentra toda su atención y energía en el potencial actoral, para que sean ellos (los actores) los que nos hagan llegar la historia con su voz, con sus movimientos.
El coro es una de las cosas más bellas que tiene el teatro griego y que suele dar mucho juego escénico. En esta función vemos que lo sigue conservando. Es prácticamente un personaje más que sirve de eslabón entre acciones, personajes y actos. Magüi Mira ha conseguido hacer que el coro cumpla mil y una funciones sobre el escenario -además de las clásicas ya conocidas-, para hacernos llegar unos mensajes protesta, provocadores, que remueven nuestras conciencias y emociones, haciéndonos sentir las palabras que nos conectan con nuestra realidad. Desde el coro aparecen y desaparecen los personajes, los actores, según sus turnos de intervenciones. Es un biombo que se va moviendo, arropando y apoyando a los personajes, late con ellos. Se busca además el impacto con las máscaras trágicas que portan y el compás con la música, los movimientos y las luces.
Cuando nos acercamos a las obras griegas clásicas destacan en ellas unos grandes parlamentos, lo cual hace que el espectador tenga la sensación de que va a asistir a funciones densas. No es el caso de Pluto, pues el texto ha sido genialmente adaptado por Emilio Hernández, las palabras fluyen y nos hace pensar que aquello que escribió Aristófanes podría haber sido escrito ayer mismo. También las letras y música de las canciones que interpretan los actores llevan las firmas de Emilio Hernández, Juan Mari Montes y Javier Gurruchaga. Los momentos musicales llevaban el acompañamiento en directo de Marco Rasa al teclado.
Los actores defienden con arrojo y credibilidad sus personajes, ofreciéndonos momentos maravillosos: Crémilo (Marcial Álvarez) es un hombre arruinado y Carión (Jorge Roelas) es un hombre libre que decide ser esclavo para poder asegurarse un sustento. En el mismo bando de los pobres encontramos al joven puto (Cayetano Fernández), el divertimento sexual de la Dama (Marisol Ayuso), de los que tienen el dinero. En el bando contrario está ella, que no quiere perder su poder, igual que el Tesorero.
Lo que llama la atención es que los actores, en diferentes ocasiones, no se posicionaban en «tres cuartos». Con frecuencia miraban y se dirigían directamente al público, rompiendo la cuarta pared. Esta es una de las diferentes formas que existen para implicar a los espectadores aún más en la función, pues nosotros éramos esa plaza llena, ese pueblo que junto a los personajes pedía el reparto justo de la riqueza, quería defender sus derechos y pedía el castigo de los corruptos.
Tanta es la implicación del público que ha perseguido Magüi Mira que ha querido potenciarla con el personaje de Praxágora (Ana Labordeta), mujer de Crémilo, ofreciendo el punto de vista y las pinceladas femeninas en ese fresco de variopintos personajes. Praxágora es un personaje que defiende la visibilidad de la mujer en un mundo de hombres, traído de la obra La asamblea de las mujeres también de Aristófanes.
Destaca, sobre todo, la interpretación de Javier Gurruchaga porque encarna a dos personajes: Pluto, un ciego dios del Dinero y la diosa Pobreza. El personaje de la Pobreza es defendido con un desparpajo e histrionismo de mala malísima muy aplaudidos y que despertó las risas de los espectadores. Gurruchaga nos ofreció las dos caras de una moneda, valga la metáfora, divirtiéndose con su actuación y haciéndonos disfrutar.
La luz y el color fueron claros ingredientes de este montaje, aderezando y potenciando las escenas. Un buen ejemplo es el contraste entre los dioses: una luz cálida con un vestuario claro para Pluto y una luz fría, con un vestuario gris para la Pobreza.
Al parecer, Pluto es una obra que a Aristófanes no le dio tiempo finalizar pero esto no ha sido problema para este equipo. Aunque el final queda abierto, la función se cierra con un espectáculo musical grupal. Todo un acierto, ya que este tipo de obras griegas finalizaban con una fiesta, con danzas y cantos en los que participaban todos los personajes vitoreando al principal llegando a un feliz final o la utopía satisfecha.

sábado, 7 de febrero de 2015

Entrevista a Javier Gurruchaga y Jorge Roelas.

Pluto, como comenta la directora Magüi Mira en el programa de mano, es una obra sobre la utopía del reparto justo de la riqueza. Una obra escrita hace veinticinco siglos que para nada ha quedado anticuada, quizás ahora está más vigente que nunca. Una sátira que dispara con contundencia para despertar al espectador e invitarle a la reflexión. Hace que seamos “ahora contemporáneos de Aristófanes”.
Hemos tenido el inmenso placer de conversar con Javier Gurruchaga y Jorge Roelas sobre la obra, sus personajes, la situación actual que nos conecta con aquel Aristófanes. Con compromiso y pasión por lo que hacen, con indignación por el daño que recibe la sociedad y la cultura, así se mostraron:
Pregunta: No es la primera vez que ambos actores actúan en el Teatro romano de Mérida, Javier Gurruchaga ya pisó ese maravilloso escenario con Golfus de Roma y Quo Vadis y Jorge Roelas con las obras Golfus de Emérita Augusta y Anfitrión¿Cómo os llegó el proyecto y cómo es volver a actuar en Mérida con Pluto?
Javier Gurruchaga: A mí me llamó el productor (Jesús Cimarro) y me dijo que tenían un Pluto con Magüi Mira y ella quiere darle una vuelta de tuerca maravillosa, incorporar canciones… Yo había visto, recientemente además -y me gustó mucho-, Kathie y el hipopótamo, ese tratamiento de ilustrar con música, porque no es un musical al uso, sino que es un complemento. Hicimos unas canciones con un lenguaje de hoy, son cosas de hoy y de siempre pero no con unas canciones de la época cretense con flautas de madera, sino con blues, góspel. Cantan todos, yo canto un rock maravilloso tipo Tina Turner, con el lenguaje de hoy y contando lo que quería denunciar –y a veces le costaba hasta el puesto y la subvención de los mecenas de la época- el propio Aristófanes.
Ir a Mérida de nuevo, por tercera, con un “musical” y con una versión de Emilio Hernández con la que yo estoy encantado. Es un reto y una maravilla intervenir ahí. Nos ha llevado seis meses largos de preparación de las canciones, de ensayos y al final llegó el día, con los nervios, estrenamos en Mérida y fue todo un acontecimiento. La gente está reaccionando muy bien. También porque es un lenguaje de hoy, con una historia muy actual que conecta rápidamente la antigüedad clásica griega con lo que estamos viviendo por la estupenda traslación que ha hecho Emilio de este Pluto de Aristófanes, incorporando elementos de otras obras. Cómo no va a estar uno contento con semejante proyecto.
Además coincidir con Jorge y todos estos estupendos actores de los que siempre terminas aprendiendo, cantando canciones, denunciando con humor, que es una vis humorística que siempre hemos tenido. Es como estar en casa y no diciendo tonterías, sino diciendo algo que escuece un poco.
Jorge Roelas: Para mí Mérida es un sitio muy especial, un sitio en el que tuve la suerte de estar siendo muy joven –con 23 años-, volví hace dos años con Anfitrión. Posiblemente haya muchísimos teatros en España pero este es especial, diferente. Ninguna experiencia se puede comparar. No es que las demás no sean buenas, las demás son maravillosas pero esta es excepcional por el sitio y el marco donde representas. Esa energía de tantísimos siglos… que han podido ver esa misma función hace veinticinco siglos. Lo que saben esas piedras… y lo que han oído… es tremendoQuerer dedicarme a esta profesión y poder estar en este tipo de sitios, además con personajes que tienen peso y que tienen mucho importante que decir dentro de la función, es que te sientes que te ha tocado la lotería.
P.: Además este teatro de Mérida es uno de los pocos escenarios que sigue conservando su función primera, que es la de albergar representaciones teatrales y una obra con tantos siglos de antigüedad, que sea tan escalofriantemente actual, hace pensar que el ser humano no ha cambiado nada, ¿no? Hemos dejado de vestir togas y pasado a llevar chaquetas… pero sólo eso.
J.R.: La bondad y la maldad siguen y la falta de tolerancia que hay en el ser humano hacia el otro, la indiferencia, la falta de escrúpulos. Hace poco vi un vídeo: en un poblado de niños africanos hacían una carrera y al que ganaba le daban una comida muy especial. El niño que ganó llamó a los otros niños que habían participado para compartir la comida. Le dijeron: “Si es una cosa para ti… que has ganado tú” y el niño dijo: “pero lo interesante de tener algo es poder compartirlo. Yo he llegado antes pero todos hemos hecho el mismo esfuerzo”.
Es la filosofía de un tipo de ser humano y de una cultura que no está en el abuso de los demás, sino en el compartir las cosas. Luego está la filosofía del abuso, de los seres humanos que piensan que son más que otro y te tienen que pisar el cuello. Ellos piensan que viven de maravilla, yo pienso que es un castigo. Una persona que es así es lo peor que se puede ser. Que tu riqueza sólo sirva para que seas rico tú o cuatro como tú es tremendo.
J.G.: Es de una pobreza escalofriante. Ayer veíamos unas imágenes: Tsipras de gira por Europa, la del Fondo Monetario Internacional, queman en una jaula a un señor… Yo creo que estamos peor que hace veinticinco siglos. Mucha tecnología pero más solos e incomunicados… quemando, matando, con bombas… Y todo el mundo mira para otro lado.
J.R.: Si en vez de las guerras hubiéramos hecho una mezcla de culturas y una fusión y enriquecernos con la cultura de los demás, las fronteras no serían necesarias. Si el hombre tuviera esa capacidad de mezclar, de ofrecer lo que tenemos como seres humanos, lo que tú sabes y lo que yo sé... Lo que pasa es que lo que se valora es el oro, los diamantes, el petróleo… eso es lo que parece que tiene más valor. La gente se pega por esas cosas y no estamos basando la vida en el intercambio que puede haber entre las personas por la sabiduría que pueda tener cada uno.
J.G.: Existe un empobrecimiento total de los valores, hasta un horterismo y un mal gusto… Te pongo un ejemplo, hablamos de cultura y de lo que han hecho con la figura de Tutankamon: pegarle la barba al rostro con pegamento. Igual la persona que realizó la figura se tiró años haciendo el acabado... pues ahora lo han pegado con pegamento. Ese mal gusto, esa ignorancia por la cultura, el derruir museos, el todo vale, robar… todo lo que estamos viendo ahora es alucinante. Estamos retrocediendo mucho en muchas cosas para peor.
P.: A nivel de recepción, ¿habéis tenido como público a personalidades de la política?
J.R.: ¿A cuántos políticos has visto en el teatro? En Mérida estuvo Monago en el estreno porque apoya el Festival de Mérida. Festival que creo que debería ser apoyado por el Gobierno central. No se conoce este Festival con la dimensión que debería tener y que merecería tener. Uno conoce el Festival de Edimburgo, por ejemplo, porque hay promoción y potencian su cultura. ¿Qué políticos ves? Los ves en el fútbol pero no en el teatro, ni en el cine… no vienen ni los que trabajan en Cultura.
J.G.: A mí me llegó la información de que algunos políticos a los que algunas partes de la función que les rozaban un poquito. Eso era lo que pretendía Aristófanes. Aquí hay para todos. Aristófanes en esta función deja abiertos varios finales y da fuerte a varios estamentos de la sociedad pero el reto del espectador está en que debe sacar sus conclusiones. Deberían invitar a los políticos a ver la función y que ellos mismos también saquen sus conclusiones porque, en ese sentido, esta obra está muy viva.
P.: Una de las cosas que siempre me gusta conocer de los actores es el modo en que preparan sus personajes, desde qué posición afrontáis el reto de la creación de un personaje. En este caso Jorge Roelas es Carión y Javier Gurruchaga hace dos: el dios Pluto y la Pobreza.
J.R.: Yo tuve mucha suerte cuando hice Seis personajes en busca de un autor porque ahí me quedó de manera clara que un personaje te necesita a ti como actor para tener vida. Y que ese personaje tiene unas necesidad que no son las tuyas, son las de él mismo. Tú tienes la obligación de hacer y de contar la historia que él trae para que tenga vida. Ese es el compromiso que yo adquiero siempre cada vez que desarrollo un trabajo, el compromiso lo mantengo sobre todo con el personaje y con la historia que se va a contar. Yo no tengo que dar mi punto de vista de lo que hace el personaje, voy a contar lo que le pasa al personaje. Siempre parto desde ese compromiso. Contar la historia, ser generoso con mis compañeros porque ellos son parte de la historia y entre todos la vamos a contar.
El compromiso con mi personaje porque tiene una necesidad de decir esas palabras, es como si fueras un médium. El personaje es una cosa etérea, algo que no puedes tocar, es una personalidad que tú tienes que adoptar para desarrollarla en un escenario. Ver que todo está en el texto porque el texto dice muy claro cómo eres tú. Estudiarlo y atender mucho a las indicaciones de la directora –Magüi Mira-, que tiene una idea muy clara y concreta, y con muchísimo respeto hacia su montaje.
J.G.: Mis personajes, son tan Jekyll y Hyde... He recurrido al lenguaje de la sociedad, la televisión, las películas, incorporar elementos que están al servicio del texto y con las indicaciones de Magüi pues tenemos un Pluto más bobalicón y la Pobreza está en la iconografía nuestra desde niños, películas fascinantes de ficción y terror que me gustaban de dibujos animados: Blancanieves y los siete enanitos… esa bruja que luego en cine hemos visto.
El referente está desde ahí. Es echar mano del archivo pero en la vida misma también existen esos personajes. Hemos hecho una fabulita que en este caso no es de Esopo, sino de Aristófanes y me he divertido mucho contrastando, separando y no confundiendo las risas de uno con las de la otra.
P.: El público sale habiendo pasado un rato estupendo en el teatro y con unas cuantas reflexiones rondándole la cabeza. ¿Qué os lleváis vosotros cuando termináis cada función?
J.R.: Una inmensa suerte de poder hacer este trabajo. Cuando uno desea desarrollar un trabajo y poder hacerlo con este tipo de historias y personajes que son comedia, con música pero que tienen mucho fondo... poder desarrollar eso es de una gran satisfacción. El cansancio es muy relativo. Cuando me dicen “¡qué dura es tu profesión!”, digo que duro es picar y hacer carreteras. Esto es otro tipo de dureza, es más riqueza, es otro tipo de trabajo que evidentemente te cansa física e intelectualmente pero te retroalimentas de todo eso. Sientes que has movido cosas y hay a quien ha picado lo que has dicho. Tiene que ver con la labor que creo que tenemos los actores: mover mentes e impedir que destruyan nuestro sector.
Estoy muy enfadado con el tratamiento que han dado los políticos de este país a nuestro sector, es de una bajeza impresionante cargarse un sector cultural de esta manera... no se puede perdonar. Yo soy una persona que abogo por el perdón pero es muy difícil perdonar esto. Sobre todo no olvidar este maltrato hacia algo tan importantísimo como es la cultura. Pero la satisfacción de poder hacer esto es impresionante porque, dentro de lo mal que está el sector, tengo la suerte de hacer algo interesante. La satisfacción es plena.
J.G.: Yo coincido también con Jorge. El poder trabajar y vivir y poder ser otros personajes, salir de la realidad cotidiana… Nosotros tenemos la posibilidad de, por lo menos un rato, jugar a vivir un sueño, una fantasía, una ficción. Ser actor es un gran regalo. Rozas un poco la conciencia de la gente, picas un poco, satirizas, te ríes, participas… pues eso es una maravilla. Con la que está cayendo, una profesión tan ninguneada, es un regalo caído del cielo estar en esta profesión y hacer papeles que tengan enjundia, caña y en este caso se da eso con Pluto. Esto es lo que tiene el teatro de maravilloso, es fascinante ser otros personajes, ser otros yoes, salir de la rutina y si encima es un Aristófanes bienvenido sea.
Con Jorge Roelas y Javier Gurruchaga tras la entrevista.

martes, 3 de febrero de 2015

Esa noche también había niebla.

Anton Chéjov o Tennessee Williams, entre otros, son autores teatrales de obligada visita. De obligada visita es también Eugene O’Neill autor de “El largo viaje del día hacia la noche”, todo buen amante del teatro debe leer y ver, al menos, una vez en su vida la obra de estos autores.
El título ya citado de Eugene O’Neill se ha convertido en un clásico que podemos disfrutar actualmente sobre las tablas. Juan José Afonso, quien dirige la versión realizada por Borja Ortiz de Gondra, cuenta para dar vida a estos personajes con un elenco formado por: Vicky Peña, Mario Gas, Alberto Iglesias, Juan Díaz y María Miguel.
Es una obra con mucha fuerza e intensidad que mana desde lo más vital de O’Neill y sobre la que se puede establecer una profunda relación autobiográfica. Los Tyrone se corresponden con su propia familia, siendo Edmund (el hijo pequeño) el alter ego del propio Eugene O’Neill.
Resulta muy difícil hablar sobre esta obra sin desvelar detalles importantes para la comprensión del desarrollo de la historia. Es una familia que se quiere y se odia al mismo tiempo. Cada miembro tiene su tormenta personal y en un intento por acercarse unos a otros se pierden entre la niebla que ya les envuelve. El vaivén de reproches y el baile de sus fantasmas va aumentando según avanza el día, revelándose al llegar la noche el dolor más insoportable.
En esta obra, cuya duración del original llega a las cuatro horas y que en esta versión se ha visto reducida a dos y media, apreciamos que es una función de recorrido, en la que lo que prima es la palabra. Palabra poética pero dura y contundente, que cae sobre una losa sobre el personaje al que le es dirigida en cada ocasión. Se ha introducido un intermedio de diez minutos que, a mi juicio, juega en detrimento del montaje en cuanto a su recepción. El público tiende a desligarse de lo que ha estado presenciando y no puede acompañar la tensión del drama con la atención y la emoción que precisa.
La acción transcurre en el salón de la residencia de verano de la familia Tyrone. En lugar de representar fielmente las indicaciones dadas por O’Neill, nos encontramos unas sillas blancas, una mesa y unos libros apilados al fondo del escenario, una gran lámpara central y un vestuario de colores pastel y grises que otorgan gran elegancia a la escena. Las paredes de la estancia han sido sustituidas por una telas en las que se va proyectando el mar y, en algún momento perturbador, una imagen de una especie de nebulosa (esta última creo que no era necesaria, pues con la música ya se crea la emoción suficiente y el público sabe lo que está ocurriendo en esa transición).
El suelo del escenario es una plataforma elíptica inclinada hacia un lado, en la que quiero interpretar un hecho simbólico y es que ese desnivel representa la inestabilidad interior de cada personaje. La reducción de elementos en escena sirve para acentuar la atención sobre los personajes y la palabra, pues los diálogos de esta obra son verdaderas joyas.
Un texto tan fuerte y maravilloso como éste de O’Neill necesita de un gran elenco que sepa sacarle todo el jugo. El binomio del matrimonio está encarnado por Vicky Peña y Mario Gas, en los papeles de Mary y James Tyrone, respectivamente.
James Tyrone es un actor que no ha sabido gestionar su trabajo. El carácter que encontramos en él es el de una persona sobria, avariciosa y en ocasiones cruel. Pero creo que no hay que demonizar a este personaje. Es cierto que Mario Gas le da el empaque necesario pero, en ocasiones, me faltó veracidad en sus palabras, me faltó ver en James Tyrone al ser humano que se esconde dentro.
El personaje al que da vida la grandiosa y elegante Vicky Peña es Mary Tyrone, una ama de casa con un halo romántico incapaz de sobrellevar su vida. Vemos en su personaje a la “esposa de…”, a la acompañante de James, el actor. Pero esta actriz no duda en sacarle todo el partido a los colores y matices de su personaje. Amorosa, cruel y atormentada deja momentos realmente memorables. Vicky deja que Mary sea, que exista, que sienta.

Los dos hijos del matrimonio son Jamie, el mayor (Alberto Iglesias) y Edmund, el pequeño (Juan Díaz) saben recoger el testigo de sus padres y redondean el ambiente de hostilidad que a veces se respira. La criada Cathleen en el cuerpo y la voz de la actriz María Miguel insufla una luz y una vivacidad a la obra que agradecemos. Tiene una escena en solitario con Vicky Peña que es una verdadera delicia.
Pero si algo eché en falta fue una mayor intensidad en la interpretación de los personajes masculinos, ya que el ritmo de algunas escenas decae. Claro que, teniendo a una maravillosa Vicky Peña, estamos continuamente deseando tenerla en escena porque nos engancha y nos tiene con la boca abierta de lo precioso que resulta verla trabajar.
Una obra de adicciones, enfermedades, daños, reproches y una inmensa soledad. Intentan quererse, intentan dejar de odiarse y encontrar el aire nuevo que les devuelva la vida. Todos llevan a cabo una forma individual de evasión y sin embargo, ninguno consigue zafarse del peso de lo que les esclaviza a sus difíciles existencias.