martes, 10 de febrero de 2015

El cegador brillo de las monedas.

Sorprende la vigencia que puede tener un texto escrito hace veinticinco siglos, cuyo autor es Aristófanes y con el que creemos que poco tenemos en común, hablo de la obra Pluto. La Grecia antigua nos queda un poco lejos en tiempo y situación geográfica pero esto no es impedimento para la universalidad del conflicto.
Esa vigencia es claramente notable por mínimo que sea nuestro conocimiento sobre la obra, aunque la traslación y relación mucho más actual la realiza Emilio Hernández, quien firma la versión, eliminando cualquier fisura temporal que nos hiciese pensar que no tenemos nada que ver con la sociedad de la época de Aristófanes.
Pluto, estrenada con notable éxito en la 60ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida este verano, está recorriendo diferentes plazas para hablarnos sobre la utopía del reparto justo de la riqueza. Esta función, dirigida por Magüi Mira, cuenta con un elenco de lujo: Javier Gurruchaga (Pluto), Marisol Ayuso (La Dama), Marcial Álvarez (Crémilo), Jorge Roelas (Carión), Ana Labordeta (Praxágora), Santi Celaya (Tesorero), Toni Misó (Blepsidemo) y Cayetano Fernández (Joven puto).
Esta obra es una sátira escrita por Aristófanes en el año 388 a.C. y que podemos resumir de la siguiente manera: Crémilo, un hombre pobre pero honrado va a visitar al oráculo para que le aconseje para llevar una vida más próspera. El oráculo le dice que al salir del templo debe acompañar a la primera persona con la que se encuentre. Su sino es toparse con el mismísimo Pluto, el dios del dinero, que vaga ciego por las calles de la polis griega. Por culpa de su ceguera la riqueza está mal repartida.
Crémilo y su criado Carión acuerdan devolverle la vista a Pluto y así el dinero sea justamente repartido, desapareciendo así la Pobreza. Lo escrito con mayúscula porque ella también aparecerá personificada, advirtiendo a los ricos de lo peligroso que resultará para su estabilidad que Pluto recobre la visión. Se establecen, de esta manera, unos diálogos comparativos exponiendo los pros y contras de Pluto y la Pobreza para según qué estamentos de la sociedad. Hay que aclarar que a lo largo de esta función desfilan toda suerte de personajes, desde un criado hasta un tesorero, explicando sus situaciones.
Pluto es también una utopía: la del reparto justo de la riqueza. Pero ¿y si ahora es el momento de que deje de serlo? O, simplemente, ¿«sueños son», como canta Pluto (Javier Gurruchaga) en un momento de la obra? Por lo menos en el teatro es posible la realización de esta utopía: «¡Repartir la riqueza!¡Erradicar la pobreza!», así comienza el coro la función.
El tema del dinero es casi tan antiguo como los metales. Los escritores, que siempre han intentado reflejar todos los aspectos de la realidad, no se han mostrado ajenos a este asunto en sus obras, como nuestros autores del Barroco, también en la Edad Media como el Arcipreste de Hita en el “Enxienplo de la propiedat qu’el dinero á” del Libro de buen amor o siguiendo más atrás nos encontramos con los latinos Ovidio u Horacio y sus odas de crítica a la riqueza. No es de extrañar, por tanto, que Aristófanes se hiciese eco de la realidad de su tiempo y escribiese sobre ello.
Aristófanes, para hablarnos sobre esta utopía, utiliza el tono de la sátira y de esta manera busca la reflexión a través de arriesgados juegos ingeniosos con los personajes alegóricos de Pluto y Pobreza. Mediante la risa accede al receptor y denuncia la realidad.
Magüi Mira ha ideado una puesta en escena sencilla y minimalista, característica de su poética escénica. La directora no escatima en esfuerzos y concentra toda su atención y energía en el potencial actoral, para que sean ellos (los actores) los que nos hagan llegar la historia con su voz, con sus movimientos.
El coro es una de las cosas más bellas que tiene el teatro griego y que suele dar mucho juego escénico. En esta función vemos que lo sigue conservando. Es prácticamente un personaje más que sirve de eslabón entre acciones, personajes y actos. Magüi Mira ha conseguido hacer que el coro cumpla mil y una funciones sobre el escenario -además de las clásicas ya conocidas-, para hacernos llegar unos mensajes protesta, provocadores, que remueven nuestras conciencias y emociones, haciéndonos sentir las palabras que nos conectan con nuestra realidad. Desde el coro aparecen y desaparecen los personajes, los actores, según sus turnos de intervenciones. Es un biombo que se va moviendo, arropando y apoyando a los personajes, late con ellos. Se busca además el impacto con las máscaras trágicas que portan y el compás con la música, los movimientos y las luces.
Cuando nos acercamos a las obras griegas clásicas destacan en ellas unos grandes parlamentos, lo cual hace que el espectador tenga la sensación de que va a asistir a funciones densas. No es el caso de Pluto, pues el texto ha sido genialmente adaptado por Emilio Hernández, las palabras fluyen y nos hace pensar que aquello que escribió Aristófanes podría haber sido escrito ayer mismo. También las letras y música de las canciones que interpretan los actores llevan las firmas de Emilio Hernández, Juan Mari Montes y Javier Gurruchaga. Los momentos musicales llevaban el acompañamiento en directo de Marco Rasa al teclado.
Los actores defienden con arrojo y credibilidad sus personajes, ofreciéndonos momentos maravillosos: Crémilo (Marcial Álvarez) es un hombre arruinado y Carión (Jorge Roelas) es un hombre libre que decide ser esclavo para poder asegurarse un sustento. En el mismo bando de los pobres encontramos al joven puto (Cayetano Fernández), el divertimento sexual de la Dama (Marisol Ayuso), de los que tienen el dinero. En el bando contrario está ella, que no quiere perder su poder, igual que el Tesorero.
Lo que llama la atención es que los actores, en diferentes ocasiones, no se posicionaban en «tres cuartos». Con frecuencia miraban y se dirigían directamente al público, rompiendo la cuarta pared. Esta es una de las diferentes formas que existen para implicar a los espectadores aún más en la función, pues nosotros éramos esa plaza llena, ese pueblo que junto a los personajes pedía el reparto justo de la riqueza, quería defender sus derechos y pedía el castigo de los corruptos.
Tanta es la implicación del público que ha perseguido Magüi Mira que ha querido potenciarla con el personaje de Praxágora (Ana Labordeta), mujer de Crémilo, ofreciendo el punto de vista y las pinceladas femeninas en ese fresco de variopintos personajes. Praxágora es un personaje que defiende la visibilidad de la mujer en un mundo de hombres, traído de la obra La asamblea de las mujeres también de Aristófanes.
Destaca, sobre todo, la interpretación de Javier Gurruchaga porque encarna a dos personajes: Pluto, un ciego dios del Dinero y la diosa Pobreza. El personaje de la Pobreza es defendido con un desparpajo e histrionismo de mala malísima muy aplaudidos y que despertó las risas de los espectadores. Gurruchaga nos ofreció las dos caras de una moneda, valga la metáfora, divirtiéndose con su actuación y haciéndonos disfrutar.
La luz y el color fueron claros ingredientes de este montaje, aderezando y potenciando las escenas. Un buen ejemplo es el contraste entre los dioses: una luz cálida con un vestuario claro para Pluto y una luz fría, con un vestuario gris para la Pobreza.
Al parecer, Pluto es una obra que a Aristófanes no le dio tiempo finalizar pero esto no ha sido problema para este equipo. Aunque el final queda abierto, la función se cierra con un espectáculo musical grupal. Todo un acierto, ya que este tipo de obras griegas finalizaban con una fiesta, con danzas y cantos en los que participaban todos los personajes vitoreando al principal llegando a un feliz final o la utopía satisfecha.

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