martes, 3 de febrero de 2015

Esa noche también había niebla.

Anton Chéjov o Tennessee Williams, entre otros, son autores teatrales de obligada visita. De obligada visita es también Eugene O’Neill autor de “El largo viaje del día hacia la noche”, todo buen amante del teatro debe leer y ver, al menos, una vez en su vida la obra de estos autores.
El título ya citado de Eugene O’Neill se ha convertido en un clásico que podemos disfrutar actualmente sobre las tablas. Juan José Afonso, quien dirige la versión realizada por Borja Ortiz de Gondra, cuenta para dar vida a estos personajes con un elenco formado por: Vicky Peña, Mario Gas, Alberto Iglesias, Juan Díaz y María Miguel.
Es una obra con mucha fuerza e intensidad que mana desde lo más vital de O’Neill y sobre la que se puede establecer una profunda relación autobiográfica. Los Tyrone se corresponden con su propia familia, siendo Edmund (el hijo pequeño) el alter ego del propio Eugene O’Neill.
Resulta muy difícil hablar sobre esta obra sin desvelar detalles importantes para la comprensión del desarrollo de la historia. Es una familia que se quiere y se odia al mismo tiempo. Cada miembro tiene su tormenta personal y en un intento por acercarse unos a otros se pierden entre la niebla que ya les envuelve. El vaivén de reproches y el baile de sus fantasmas va aumentando según avanza el día, revelándose al llegar la noche el dolor más insoportable.
En esta obra, cuya duración del original llega a las cuatro horas y que en esta versión se ha visto reducida a dos y media, apreciamos que es una función de recorrido, en la que lo que prima es la palabra. Palabra poética pero dura y contundente, que cae sobre una losa sobre el personaje al que le es dirigida en cada ocasión. Se ha introducido un intermedio de diez minutos que, a mi juicio, juega en detrimento del montaje en cuanto a su recepción. El público tiende a desligarse de lo que ha estado presenciando y no puede acompañar la tensión del drama con la atención y la emoción que precisa.
La acción transcurre en el salón de la residencia de verano de la familia Tyrone. En lugar de representar fielmente las indicaciones dadas por O’Neill, nos encontramos unas sillas blancas, una mesa y unos libros apilados al fondo del escenario, una gran lámpara central y un vestuario de colores pastel y grises que otorgan gran elegancia a la escena. Las paredes de la estancia han sido sustituidas por una telas en las que se va proyectando el mar y, en algún momento perturbador, una imagen de una especie de nebulosa (esta última creo que no era necesaria, pues con la música ya se crea la emoción suficiente y el público sabe lo que está ocurriendo en esa transición).
El suelo del escenario es una plataforma elíptica inclinada hacia un lado, en la que quiero interpretar un hecho simbólico y es que ese desnivel representa la inestabilidad interior de cada personaje. La reducción de elementos en escena sirve para acentuar la atención sobre los personajes y la palabra, pues los diálogos de esta obra son verdaderas joyas.
Un texto tan fuerte y maravilloso como éste de O’Neill necesita de un gran elenco que sepa sacarle todo el jugo. El binomio del matrimonio está encarnado por Vicky Peña y Mario Gas, en los papeles de Mary y James Tyrone, respectivamente.
James Tyrone es un actor que no ha sabido gestionar su trabajo. El carácter que encontramos en él es el de una persona sobria, avariciosa y en ocasiones cruel. Pero creo que no hay que demonizar a este personaje. Es cierto que Mario Gas le da el empaque necesario pero, en ocasiones, me faltó veracidad en sus palabras, me faltó ver en James Tyrone al ser humano que se esconde dentro.
El personaje al que da vida la grandiosa y elegante Vicky Peña es Mary Tyrone, una ama de casa con un halo romántico incapaz de sobrellevar su vida. Vemos en su personaje a la “esposa de…”, a la acompañante de James, el actor. Pero esta actriz no duda en sacarle todo el partido a los colores y matices de su personaje. Amorosa, cruel y atormentada deja momentos realmente memorables. Vicky deja que Mary sea, que exista, que sienta.

Los dos hijos del matrimonio son Jamie, el mayor (Alberto Iglesias) y Edmund, el pequeño (Juan Díaz) saben recoger el testigo de sus padres y redondean el ambiente de hostilidad que a veces se respira. La criada Cathleen en el cuerpo y la voz de la actriz María Miguel insufla una luz y una vivacidad a la obra que agradecemos. Tiene una escena en solitario con Vicky Peña que es una verdadera delicia.
Pero si algo eché en falta fue una mayor intensidad en la interpretación de los personajes masculinos, ya que el ritmo de algunas escenas decae. Claro que, teniendo a una maravillosa Vicky Peña, estamos continuamente deseando tenerla en escena porque nos engancha y nos tiene con la boca abierta de lo precioso que resulta verla trabajar.
Una obra de adicciones, enfermedades, daños, reproches y una inmensa soledad. Intentan quererse, intentan dejar de odiarse y encontrar el aire nuevo que les devuelva la vida. Todos llevan a cabo una forma individual de evasión y sin embargo, ninguno consigue zafarse del peso de lo que les esclaviza a sus difíciles existencias.

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