viernes, 27 de febrero de 2015

Las cuestiones más profundas en "La sesión final de Freud".

En la Sala Pequeña del Teatro Español de Madrid han estado ocurriendo cosas muy grandes, como la lección de interpretación que nos brindaron Helio Pedregal y Eleazar Ortiz en La sesión final de Freud, una obra escrita por Mark St. Germain. La traducción ha sido realizada por Ignacio García May y firma la dirección Tamzin Townsend.
En esta obra se produce un encuentro ficticio entre Sigmund Freud, padre del psicoanálisis interpretado por Helio Pedregal y C.S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia encarnado por Eleazar Ortiz, el día en que Inglaterra le declaró la guerra a Alemania, en el año 1939.
Teatro dialéctico y de reflexión que enfrenta a dos fuertes personalidades de diferentes generaciones: a un S. Freud, en los últimos días de su vida, que defiende su ateísmo y a un joven C.S. Lewis, convencido creyente. Hemos referido que se trata de un encuentro ficticio pero el padre del psicoanálisis tenía anotado en su agenda, para ese día (veinte antes de su muerte), recibir en su consulta a un profesor de Oxford. Esta anotación es la que origina el texto de Mark St. Germain porque ¿quién nos dice que no fuese C.S. Lewis?
Quienes asistimos a obras de reflexión, a teatro de palabra, lo hacemos con algo de miedo. Tenemos el temor de presenciar un simple debate académico o de ideas abstractas poco conectadas con quienes las ponen en escena. No es el caso de La sesión final de Freud. Nos encontramos con dos hombres que, dentro de las experiencias que les han brindado sus respectivas edades, dialogan con gran sentido del humor sobre la existencia de Dios, tema que termina derivando en una conversación sobre el sentido de la vida y de si merece la pena ser vivida hasta el final, sobre el amor, las relaciones familiares, la guerra, el futuro…
Este encuentro se desarrolla dentro de una escenografía realista, realizada por Ricardo Sánchez Cuerda, en la que a la consulta de S. Freud no le falta un detalle: la mesa llena de papeles y carpetas, una gran estantería repleta de libros, el diván, todo el suelo alfombrado, etc. La conversación entre estos dos intelectuales se ve aderezada por llamadas de teléfono, la radio, sirenas y el ruido de aviones que sobrevuelan la zona, lo que otorga una gran fluidez a pesar de que la función tiene durante toda ella un ritmo fabuloso.
Hemos de destacar la clase magistral de interpretación que nos brinda Helio Pedregal en esta función. El suyo es un completo trabajo de caracterización que diluye al actor dentro del personaje y sólo somos capaces de ver a Sigmund Freud. Una identificación física máxima desde la barba y pelo blancos hasta la forma de moverse, su voz, sus gestos, la mirada, la tos (y los momentos de verdadero dolor por la prótesis que lleva debido a un cáncer de boca)… no deja duda de que estamos ante un trabajo colosal.
Eleazar Ortiz defiende su personaje sin temores y sabe estar a la altura del tan soberbio Freud de Pedregal. Sin ese pulso medido que tiene su C.S. Lewis, la función no nos brindaría todo ese abanico de reflexiones que nos empieza a sacudir desde el primer momento.
La muerte… ¿estamos preparados para asimilar que nuestro tiempo se acaba?, ¿debemos agarrarnos a algo?, ¿creer en la existencia de Dios?, ¿por qué? La discusión, distante al principio, se llena de una gran humanidad. Salen a flote las preocupaciones y miedos de los protagonistas, sus virtudes y sus defectos, sus fortalezas y sus debilidades.
Aquello no es un combate dialéctico para ver qué mentalidad se impone, sino que resulta una conversación entre dos caballeros que comparten y cuestionan los múltiples modo de ver la vida. Se miran, se escuchan y los silencios son tan fundamentales como las palabras. Al final salimos del teatro tan en silencio como Freud y Lewis, sabiendo que ni uno ni otro ha sido el vencedor, pero con muchas cosas sobre las que pensar.

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