domingo, 1 de marzo de 2015

Cuando sólo queda el testimonio del horror.

Se apagan las luces de la sala y entra una periodista -interpretada por Susana Hornos- para ultimar los preparativos de la entrevista: comprobar luces, cámara, dejar un vaso de agua sobre la mesa y revisar que todo está bien distribuido. Poco después vemos aparecer al exmilitar -encarnado por Federico Luppi- dirigirse al centro de la escena esposado y seguido por un guardia de seguridad –Juanjo Andreu-.
Así comienza El reportaje de Santiago Varela -dirigida por Hugo Urquijo-. Es una obra que, si bien tiene intervenciones de la periodista, podríamos calificar como monólogo. Luppi es el encargado de dar vida al exgeneral pero no en su momento más «brillante», sino en su vejez y encarcelado. Un canal de televisión está interesado en realizarle una entrevista sobre lo ocurrido al Teatro Picadero, cuando empezaba a despuntar el fenómeno de Teatro Abierto, fenómeno que el gobierno no toleró ya que nunca vio con buenos ojos un lugar donde ejercer la libertad de expresión. Este es el hecho desencadenante de todo lo que contará.
Con este texto vuelve Federico Luppi a los escenarios españoles después de siete años. Es perturbador ver al actor ataviado con el uniforme militar –esa imagen genera una gran tensión-, pues este es el personaje que interpreta, encarcelado por los crímenes cometidos durante la dictadura argentina. El tema central, como ya hemos comentado, es la quema del Teatro Picadero en 1981, por lo tanto la función tratará el asunto de la censura, el régimen totalitario y el atentado a la cultura.
La puesta en escena es austera y fría, era de esperar estando en una prisión. Pero me llamó la atención que siendo un preso no le faltase ni una de las medallas que debió ganar durante su servicio militar y que su sitio fuese una silla enorme de madera, como un trono. Lo interpreto de una manera muy simbólica –la periodista dice además algo así como “¿no es excesivo para este lugar?”- y es que eso es lo que le queda después de todo: una imagen, su fachada. Ahora sólo es una cámara la que se interesa por él, aunque dentro de todo esto se deja entrever algo de humanidad dentro de la cabeza de este genocida.
No me vayan a malinterpretar, no estoy para nada de acuerdo con las dictaduras y las represiones. De lo que habla la obra no nos pilla muy lejos, pues los sucesos argentinos ocurrieron entre las décadas 70 y 80. Además, aquí en España también sufrimos –aunque yo por edad no lo viví- una dictadura y una serie de sucesos escabrosos. Al hablar de dejar ver un personaje humano me refiero a las contradicciones, ideas que van y vienen y que suelta sin el más mínimo pudor o cautela, hablando abiertamente de todo lo que quiere -y quizás necesita-. Hay un momento en el que consigue una respiración contenida en el público: cuando no entiende el maltrato que sufre en su vejez alegando que él no mató a nadie, que sólo quemó un teatro. Da para pensar, por supuesto, pero no sirve para justificar el atentado -nada puede justificarlo-.
La interpretación de Federico Luppi es una verdadera obra de arte, construyendo un personaje absolutamente creíble y humano –aún con sus radicales ideas-, con una cantidad de miradas, gestos y silencios estremecedores. Despliega una gran naturalidad, provocando la sensación de estar asistiendo a una improvisación y no a un espectáculo medido, ensayado y con un texto escrito.
El teatro, la cultura -antes, ahora y siempre- es un elemento perturbador para el poder, perturbador para aquellos que quieren un pueblo sometido e ignorante. Un pueblo privado de su libertad. El exmilitar se defiende argumentando sin tapujos que quemó libros y un teatro pero que no ha matado a personas. Pero el desprecio a la cultura y el maltrato al teatro es una forma de ataque al ser humano.

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