martes, 3 de marzo de 2015

"Olivia y Eugenio": Tú y yo juntos.

Ver a Concha Velasco en un escenario se convierte siempre en toda una experiencia. Si además le sumamos que Olivia y Eugenio es la obra con la que regresaba a las tablas –después de un tiempo delicado-, dirigida por José Carlos Plaza y compartiendo escena con Rodrigo Raimondi y Hugo Aritmendiz -dos actores con síndrome de Down que se van turnando en las diferentes plazas que visitan-, la emoción está más que asegurada.
Fotografía de Javier Naval.
Me resulta muy difícil hablar de esta función porque corro el riesgo de desvelar cosas fundamentales para entender qué está ocurriendo. De esta obra escrita por Herbert Morote podemos decir que parte de una situación muy dramática: Olivia padece cáncer. Se ve incapaz de continuar y piensa muy seriamente acerca de la idea de irse de este mundo antes de que la enfermedad acabe con ella.
La protagonista tiene una galería de arte y económicamente está bien posicionada pero, a raíz de su enfermedad, se plantea una serie de cuestiones. Olivia, sintiendo tan cercana su muerte, hace un repaso a lo largo y ancho de toda su vida desvelándonos hasta el más doloroso de sus pensamientos. Su hijo tiene síndrome de Down y para ella supuso un duro golpe cuando nació pero a medida que habla afirma, reitera y demuestra que Eugenio se ha convertido en lo más valioso de su vida.
No duda en exponer la triste vida que llevó al lado de su marido en los últimos años de la vida de éste, llegando a increparle sus coqueteos con el juego y el alcohol mirando su retrato. Hace balance de lo que le queda en su vejez y de todo lo que ha dejado atrás. Le aterroriza la muerte pero también vivir y seguir envejeciendo, carga contra los médicos, sus amigos y la sociedad. La pregunta “¿quién es normal en esta vida?” no deja de asomar a través de la voz de Olivia constantemente. No es Eugenio el que tiene un problema, es la humanidad: tan corrupta y tan carente de valores.
Fotografía de Javier Naval
Toda la acción se desarrolla en el salón-comedor de la casa de la familia, con una puesta en escena realista. Rodeando esta estancia vemos cinco puertas –la principal de la casa y las que van a las diferentes estancias- pero sólo están los marcos y no hay paredes. Quizás –y aquí me atrevo a hacer mi apreciación- funcionen como símbolo, pues estas puertas abiertas pueden ser la salida a la difícil decisión a la que se enfrenta Olivia esa noche. Unas puertas hacia la esperanza.
Concha Velasco está tan magnífica en su papel de Olivia… rebosa amor, tragedia, felicidad y ternura junto a Rodrigo Raimondi –actor que encarna a Eugenio-. Concha es toda elegancia siempre, ya lo sabemos. Pero en esta obra está especialmente espléndida y la vemos disfrutar desde el momento uno de la función recorriendo todo el inmenso arco emocional de su personaje.
En este casi monólogo, Olivia encuentra el apoyo de su hijo Eugenio –llamado así, explica, por Ionesco y O’Neill-, quien rebosa ternura y nos da la lección de vida más grande que podamos imaginar, a los espectadores y a su madre. Eugenio significa el bien nacido y cuánto bien le hace a Olivia tener a este niño en su vida. Rodrigo Raimondi está fabuloso en este papel, demostrando una profesionalidad única y muy a la altura de la gran Concha Velasco.
El final de la obra es muy precipitado pero muy sorprendente, dejándonos un gran sabor de boca. Mucha sinceridad y mucho amor destila este texto. José Carlos Plaza demuestra una vez más que es el maestro de maestros. Ha dirigido esta pieza y a estos actores con gran sabiduría para dejarnos sobre el escenario un montaje por el que debemos estarle agradecidos eternamente. Olivia y Eugenio son un suspiro en el alma. Y yo, más que nunca, creo ahora en el poder sanador del teatro.
Fotografía de Javier Naval

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