jueves, 14 de mayo de 2015

¿Qué pesan más: los agravios o los celos?

En Sevilla despidió la Compañía Nacional de Teatro Clásico las últimas representaciones de Donde hay agravios no hay celos de Francisco de Rojas Zorrilla. Tras casi un año de éxitos cerró las funciones con aplausos agradecidos, con un público feliz y entregado a unos actores y unos personajes que no dejaron indiferente a nadie. Yo he necesitado tomarme un tiempo para poder escribir sobre esta función, pues ha supuesto para mí una experiencia maravillosa como espectadora. He de reconocer que hacía mucho que no me lo pasaba tan bien con una obra clásica.
Rojas Zorrilla es un autor poco conocido actualmente por el público, a pesar del gran éxito que tuvo esta obra en su tiempo. Discípulo de Calderón, vemos en este texto características comunes que reunían las obras del Siglo de Oro pero algún que otro aspecto que la distinguen y que te llevan de la risa al asombro, enredando al espectador en los enredos –valga la redundancia-. Nos tiene enganchaditos hasta el final.
El planteamiento de la obra es bastante sencillo, típico del siglo XVII: Don Juan entra en enfados cuando ve a un caballero descender por el balcón de su amada, desatándose todo tipo de enredos sobrevenidos también por un equívoco de retratos, intercambio de roles amo-criado provocando situaciones hilarantes y algún que otro duelo… Doña Inés sólo conoce el retrato de su prometido y claro… si hay un error… imaginen la que se lía al rechazar casarse con él.
Fernando Sansegundo –quien también sube al escenario- firma la versión de esta obra que dirige Helena Pimenta, versión muy acertada al conseguir que el verso fluya de forma clara, casi como la prosa y resulte comprensible a todo el público –cosa que no es fácil conseguir-.
La puesta en escena es elegante y muy funcional –todo lo que van necesitando está escondido detrás de los paneles de las paredes-. Sin cargar la escena hay puertas, ventanas, puertas escondidas, vasos y cubos van y vienen, una cama que sirve para el momentazo del soliloquio de la criada, etc. Todo el espacio está aprovechadísimo en esta escenografía de Esmeralda Díaz. La iluminación de Cornejo es certera al potenciar las diferentes atmósferas que se van sucediendo con primeros y segundos planos, apartes… Y Tatiana Hernández firma un vestuario fabuloso.
Este montaje es de un ritmo frenético… con entradas y salidas de los personajes sin parar –con el consiguiente abrir y cerrar de puertas-, luchas de espadas que nos sobrecogen ante el enorme realismo –alguien se termina hiriendo de verdad, llegué a pensar-. Otro de los aciertos de la función es la transición de escenas –y resolución de otras- mediante la danza de época y similar al tango –coreografiados por Nuria Castejón-.
Un plus es la música en directo, Vadzim Yukhnevich al acordeón crea unas atmósferas preciosas y acompañada con su instrumento las partituras de movimiento de los actores. Una delicia contemplar algunas escenas con su acompañamiento de fondo.
En cuanto a los personajes tenemos a la doña Inés de Clara Sanchis, que aunque pueda al principio resultar muy histriónica termina encajándonos en el conjunto de la función. Eché de menos algo de garra al defender frente a su padre que “mi albedrío es mío” porque es un verso, creo, con mucho peso y que define a su personaje.
Natalia Millán tiene una presencia escénica indudable y consigue con la creación de su Ana de Alvarado mostrarnos a una mujer con carácter viniendo de Burgos para buscar al hombre que la burló. Especialmente magnética resulta la actriz cuando en la última escena empieza a cantar.
Jesús Noguero construye a su don Juan de Alvarado con suma elegancia y porte escénico, igual que Rafa Castejón que junto a Óscar Zafra y Fernando Sansegundo configuran los caracteres que nunca faltan en escena: el padre estricto aunque no tirano, el burlador burlado, el defensor de la honra, etc.
David Lorente está brillantísimo en su papel Sancho -criado de don Juan de Alvarado- y se mete al público en el bolsillo desde el minuto cero. Ha dotado a su personaje de una comicidad sin igual. Me atrevo a decir que los mejores momentos de la función, en los que el respetable ríe sin parar, son los suyos.
Nuria Gallardo está de escándalo en su papel de Beatriz -criada de doña Inés-. Sale al escenario pisando fuerte, convencida del maravilloso trabajo que tiene que ofrecernos… Una criada alcahueta, con mucha frescura que va creciendo con el espectáculo –el personaje, Gallardo ya es grande-, despuntando en un soliloquio ‘erótico-festivo’ con la almohada encima de una cama. Sin duda es uno de los grandes momentos de la función por lo que tiene de original –las criadas nunca gozaron de soliloquios en las obras clásicas- y lo divertidísimamente resuelto que está.
Es una función coral donde prácticamente ninguno de los actores tiene un papel protagonista, aunque todos tienen momentos estelares. Todos tienen algo que contar porque, como comprobamos a lo largo de la función, Rojas Zorrilla no nos regala personajes planos. Sobresale el sector femenino al estar dotado de gran modernidad en sus pensamientos, con total independencia respecto del poder masculino –no podemos olvidar los cuatro siglos que tiene esta obra, de ahí que diga que es moderno-. La obra se abre y se cierra con todos los intérpretes juntos cantando una canción acompañados por Yukhnevich al acordeón en un ejercicio de comunión con la comedia y el arte del teatro.
La ejecución tan natural del verso fue una de las cosas que me enamoró de la función. Es muy difícil y pocos son los actores que dominan el arte de hablar en verso. De esta representación sales maravillado al escuchar el texto en sus voces. Desde el principio hasta el final es un montaje redondo, en el que podemos comprobar la aguda inteligencia de Helena Pimenta en la dirección. No pierde nunca de vista que está montando una comedia, aunque se traten temas como el amor, el honor, haya luchas, hermanas deshonradas, celos…, y el público no deja de divertirse, por lo que la directora consigue lo que persigue gracias también a unos actores entregadísimos.

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