miércoles, 8 de julio de 2015

La razón de la sinrazón de Medea.

Una cita obligada que tenemos todos los amantes del teatro es el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, que este verano celebra su 61ª edición. Ofrece este año una suculenta programación y resulta muy complicado decidir qué ver. Fue mi atracción por el tándem Ana Belén-Plaza el que hizo que me decidiese por la obra Medea. José Carlos Plaza ya había dirigido a la actriz en este teatro poniéndola en la piel de dos mujeres trágicas: Fedra en el año 2007 y Electra en 2012.
El escritor Vicente Molina Foix ha sido el encargado de realizar esta hermosísima versión, inspirada en la obra de Eurípides, Séneca, la novela en verso de Apolonio de Rodas titulada Las Argonáuticas y relatos de Ovidio. Es Medea una obra conocida por todos –curiosamente la más representada de la historia del Festival de Mérida y encarnada por actrices como las legendarias Margarita Xirgu o Nuria Espert pasando por Julia Trujillo o Blanca Portillo, entre otras- pero Molina Foix nos ayuda a redescubrirla, a comprenderla. ¿Por qué digo esto? En su adaptación se nos muestra el porqué de las actuaciones de Medea, el pasado de Jasón y cómo sus caminos se encuentran para después suceder la tragedia.
Medea es una mujer que abandona todo –su patria, su familia e incluso a ella misma- para darse por entero al amor que siente por Jasón. En un lugar que no es el suyo y traicionada por su marido que pretende casarse con Creusa –hija del rey de Corinto-, llega al extremo de vengarse matando a sus hijos no sin darle primero muerte a Creusa con sus dotes de hechicera.
Fotografía de Jero Morales.
Jasón ha llegado a despreciarla como mujer, la trata casi como a una loca por su magia –aun habiendo sido esa condición de hechicera la que hizo que consiguiera el vellocino de oro-. Medea ya no puede mantenerse dentro de los límites de la razón y obra de la forma más cruel para romper con la mujer que ya no es y que nunca será: mata a sus hijos para destrozar a Jasón y acabar así con el único vínculo entre los dos.
¿Cuántos siglos hace que se escribió esta obra? Y aún así la seguimos sintiendo muy cerca porque nos habla de la condición humana. Este tipo de venganza llega hasta nuestros tiempos, pues muchos son los casos conocidos de padres y madres que matan a sus hijos para causar en el contrario un dolor difícilmente superable.
Deteniéndonos en aspectos del montaje, José Carlos Plaza se apoya en una puesta en escena de corte clásico y realista, contando además con el inmejorable marco del frontón del teatro romano, en cuyo centro ha erigido una imponente puerta que sirve para separar el espacio patente del latente –donde también ocurren cosas aunque no las veamos, sólo las oímos o se nos narran. Esto último es lo que se conoce como teitoscopia-. A los lados, delimitando la escena, ha colocado dos montículos rocosos –uno de ellos coronado con un árbol- que ayudan al dinamismo escénico.
Fotografía de Jero Morales.
Las obras clásicas cuentan con un fuerte componente narrativo y creo que en esta versión se acentúa -por ejemplo al relatar la hazaña de Jasón al conseguir el vellocino de oro-, pero no juega en detrimento de la función. Recurre también a una técnica visual bastante novedosa que es el mapping, que viene a apoyar con imágenes animadas determinados momentos claves de la representación, como: la narración de Medea a su nodriza de la heroicidad de Jasón en el mar, cuando ambas relatan las aventuras de Jasón a sus hijos o cuando Medea invoca a los dioses y cae presa de su ira en la que hasta su vestuario sirve de lienzo de una proyección –una imagen bellísima, por cierto-.
El director hace un uso justo de esta técnica, pues si llega a abusarse de ella puede resultar redundante ante tanto momento narrativo. Pero no es el caso, aquí ayuda al público a entrar en la atmósfera, a dejarse llevar por las imágenes completando el mensaje de los personajes.
Fotografía de Jero Morales
Construye Ana Belén una Medea entre diosa vengativa e inmortal –que parece volar en algunos momentos- y una humana rota casi mezclándose con la tierra. Tremendamente emocional transita por todos los estados: desde la rabia hasta la emoción sostenida del final. Íntegra y rota en mil pedazos a la vez nos brinda un trabajo interpretativo digno de ser elogiado.
Junto a ella tenemos a un elenco formado por ocho actores y diez figurantes –dos de ellos son niños, los hijos de Medea-, donde destaca una maravillosa Consuelo Trujillo dando vida a la nodriza, siempre al lado de su señora ofreciéndonos momentos realmente verdaderos y hermosos, con la sabiduría de quien viene ya de vuelta de los daños de la vida.
Me faltó fuerza en Jasón, encarnado por Adolfo Fernández, pues considero que a pesar de ser un personaje que muestra el desprecio y “pasotismo” por Medea... también debía encontrar ese contrapunto trágico e involucrado. Hubo momentos en que me resultó poco creíble, como es el caso de la muerte de sus hijos. Quizás ahí hubiese conseguido la función ponernos los vellos de punta al mezclar la locura de Medea, los gritos de los niños ante su muerte al otro lado de la puerta y la desesperación e impotencia de un padre.
El resto de actores se muestra justo en sus actuaciones, sin excesos ni defectos. Tenemos así a los corifeos, las voces del pueblo de Corinto que debaten si deben comprender a Medea o perdonar a Jasón, encarnados por Alberto Berzal y Olga Rodríguez; Luis Rallo da vida al preceptor, Poika Matute como Creonte, Leticia Etala encarna a Creusa –hija de Creonte- y Horació Colomé nos ofrece al Jasón joven. Termina la función y el teatro al completo, con casi 3000 almas, rompe en aplausos cada vez más fuertes y emocionados sobre todo al saludo de Ana Belén y Consuelo Trujillo, que están realmente soberbias. Medea ha gustado, ha convencido. Los siglos de antigüedad del mito se han comunicado con nosotros, se han mostrado más cerca que nunca. No se ofrece en esta función un juicio a Medea, se nos pide que al menos podamos entenderla aunque no compartamos sus acciones.
“Medea será vuestro recuerdo de Medea” lanza la protagonista al público envuelto en un impactante silencio. Medea está en cada uno de nosotros, es lo que no fue, lo que nunca será o lo que queramos que sea. Esa es la magia del teatro: ya sea recuerdo, realidad, ficción, ahora, aquí o donde sea… dan igual las coordenadas espaciotemporales… Medea es universal e inmortal.