sábado, 2 de abril de 2016

‘Insolación’ o mucho bueno bajo el sol.

Pardo Bazán… acercarse a la literatura de Doña Emilia Pardo Bazán es una de esas asignaturas que nadie debe dejar pendiente. Reconocida autora española del siglo XIX nos regala un texto como Insolación, un retrato de la sociedad de su época cargado de metáforas que Pedro Víllora, en esta adaptación teatral, potencia.
La autora naturalista publicó esta obra –con un punto autobiográfico- en 1889. La novela fue dedicada a José Lázaro Galdiano con quien tuvo un affaire un año antes. Aventura que confesó a Benito Pérez Galdós con el cual mantuvo una relación de muchos años a pesar de que estaba casada. Quién sabe… igual sin estas circunstancias particulares no hubiese resultado esta Insolación.
Emilia Pardo Bazán fue una mujer muy adelantada a su tiempo y de principios muy sólidos. Hay quienes la reconocen como una de las precursoras del feminismo, pues en muchas de sus obras nos habla sobre la condición femenina y los principios sexuales derivados de la moral católica de la época, la cual colocaba a la mujer en situación inferior al varón y sometida a él. No perdiendo de vista que esta obra fue escrita hace casi siglo y medio, los muchos puntos de reivindicación de la mujer, su naturaleza y su derecho a ser nos permite una conexión muy directa con nuestro tiempo.
Lejos de lo que pudiera parecer en un principio, la adaptación teatral de esta novela no pesa sobre el escenario, habiéndose modificado levemente la retórica decimonónica. El hecho en torno al cual gira la función es el encuentro en Madrid entre la gallega Asís de Taboada, marquesa viuda de Andrade, y el andaluz Diego Pacheco. El despliegue de seducción y los innumerables requiebros amorosos que prodiga a la marquesa traen como consecuencia que ésta se debata entre lo que desea hacer y lo que se debe hacer o lo que la sociedad espera de ella.
Insolación es la historia de una “enfermedad”, una metáfora: la relación entre el sol y el amor. Asís ha enviudado y la relación con el sol es que no quiere verse sometida a él. No quiere nada de luz –nada, por tanto, de pasión- pero justo en el centro se unen el norte de la marquesa y el sur de Pacheco y el encanto y la luz hacen lo propio.
Esta novela entraña un enorme peligro al llevarla a escena, pues aparentemente no ocurre nada. Pardo Bazán hace muchísimo hincapié en los procesos internos de los personajes -sus estados psicológicos- apoyados en flujos de pensamiento que dificultan bastante una representación, ya que el teatro es acción… y llevar a las tablas una obra en la que no pasa nada es muy arriesgado, pudiendo llegar a convertirse en un verdadero peñazo lleno de palabrería. En la adaptación, Pedro Víllora consigue resolver bastante bien está condición, llenando de “acción” todos esos pensamientos y proporcionando una fluidez textual imprescindible y que es de agradecer.
La puesta en escena es muy sencilla y está tan bien resuelta que todo se convierte en acierto: la escenografía de Mónica Borromello –única pero que recrea varios ambientes- cuenta con un mínimo mobiliario que entra y sale de escena y un suelo construido con diferentes alturas para simular la Pradera de San Isidro. Un ciclorama reproduce el sol abrasador del que tanto se resguarda la marquesa. La iluminación de Cornejo es una maravilla y arropa todo el montaje. De pronto, cuando todo ello se suma, se originan imágenes y escenas de gran belleza y elegancia. De hecho, la representación al completo nos envuelve con esa atmósfera desde el primer momento y nos va guiando con suma delicadeza hasta el final, teniendo al público en el bolsillo completamente entregado –cosa que muy pocos espectáculos consiguen.

Por supuesto, esto no se consigue por arte de magia. Detrás de todo está la mano hábil y sabia del director Luis Luque, excelente director escénico y ¡de actores!, por eso esta función toma la altura que apreciamos con tan maravilloso ritmo. Sólo cuatro actores resuelven la presencia de los siete personajes que aparecen en esta obra y están tratados con tanta verdad y vida que no caen en el estereotipo y sus rasgos característicos están llenos de matices:
Voy a pecar de subjetiva destacando en primer lugar el grandioso trabajo que realiza José Manuel Poga dando vida a Diego Pacheco, el señorito andaluz que termina siendo el conquistador conquistado. Sin caer en lo vulgar ni excederse en lo cómico, ha creado un seductor vivaracho que nos atrae, que hace las delicias de la marquesa y del público. Para mí, Poga ha sido un estupendo descubrimiento como actor.
María Adánez, con la particular delicadeza que siempre despliega, encarna a la marquesa Asís de Taboada. Es todo un placer ver cómo se desplaza emocionalmente entre la mujer distante y la mujer resultante del viaje por las pasiones. Las escenas entre Poga y Adánez están cargadas de un inmenso magnetismo. Destaco, hablando de Adánez, el espléndido trabajo de vestuario realizado por Almudena Rodríguez. Concretamente la marquesa es la que más cambios tiene. Su vestuario es fiel reflejo de su interior: comienza con unos tonos apagados y progresivamente llega hasta un color cálido entre amarillos y dorados, precisamente esa calidez interior con la que termina el personaje gracias al amor.
Un buen contrapunto a la figura del señorito andaluz es Gabriel Pardo –interpretado por Chema León-, fundamental para comprender la otra cara de la moneda. Este personaje representa el corsé moral de la época: es amigo de la marquesa y aunque presenta algunos rasgos progresistas, termina por aflorar su verdadera condición –su verdadero pensamiento- influenciado por el patriarcado de siglos.
Pepa Rus lleva de manera soberbia el peso de tres personajes: la duquesa, la criada y la ventera. Con los tres nos convence y nos cautiva. Justamente cómicas y sin excesos son la criada y la ventera, ofreciendo por otra parte la dureza y frialdad de la duquesa.
En esta función se ha restado naturalismo pero se ha conseguido potenciar la fuerza psicológica, facilitándose así de manera ágil las transiciones. Un acierto dejar que afloren con tanta naturalidad –sin buscar la gracia- los momentos más cómicos en situaciones y diálogos. Cargada de viveza, sutilidad y gran ritmo está representación cumple y supera su cometido: involucrarnos, transmitir y removernos, dejándonos un gran sabor de boca al finalizar.